Luis Miguel Cangalaya

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Ponerse la camiseta

La expresión “ponerse la camiseta” se ha convertido en una forma sutil de mantener el dominio de los sectores menos favorecidos en favor de quienes han aprendido a vivir sin tener que ponérsela. Y es que, en realidad, la identificación, el reconocimiento o la filiación emotiva con un centro de trabajo debería reformular sus reglas de juego. Y eso no es tan fácil. Cuando formamos parte de algo, ello también debería formar parte de nosotros: solo así nos identificamos sin tener que ponernos una camiseta, una máscara o, simplemente, una muestra de pertenencia subordinada de la que no podemos escapar.

En la mayoría de casos, el hecho de ponerse la camiseta y, sobre todo, no quitársela resulta una advertencia sobre aquello que Marx llamó plusvalía. Ese es el valor adicional, ese trabajo que no es remunerado, pero que existe y todavía con mayor razón en sectores como la educación, donde se realiza una labor más allá de las aulas. Ese plus-valor nos lleva a aferrarnos a un espacio donde supuestamente nos sentimos a gusto, aunque no sepamos con claridad cómo hemos sobrevivido en medio de la intemperie. Y aferrarnos de esa manera hacia una utopía es sumamente peligroso.

La salida más oportuna para no caer en la enajenación laboral es la identificación. Sin embargo, no se trata de una identificación con aquello que no nos pertenece, sino con aquello que ya es parte de nosotros. De esa manera, no somos ajenos a ello y podemos asumir el compromiso de algo que nos es cercano, pues la distancia es engañosa. Así, no se trata de ponerse la camiseta, sino de quitársela. La desnudez es la mejor forma de abrirnos a nuevos espacios y no impedir que nuestra identificación sea clara y transparente. Solo en ese reconocimiento diáfano podremos alcanzar una verdadera identificación con el otro.



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