Luis Miguel Cangalaya

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Por vocación

Cuando tenía quince años y apenas había terminado el colegio, papá me sorprendió con un prospecto de la UNI. Lo había comprado ni bien abrieron las fechas para adquirirlo, y no solo eso, sino que con ello compró también una sonrisa para darle color a su felicidad, a esa que le daría un hijo ingeniero. Yo no podía decepcionarlo, pero lo hice.

La literatura terminó ganando como otras tantas batallas que tuvo que pelear. Entonces comprendí que la vocación es algo con lo que se tiene que luchar siempre, como un amuleto, como un escudo que permite sortear los obstáculos y nos permite hacernos fuertes.

García Márquez, en “Manual para ser un niño” (1995), escribe algo maravilloso: “Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Solo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica, y un poder de superación para toda la vida”.

Lo cierto es que, generalmente, a los quince, dieciséis o diecisiete años uno no decide nada. Las decisiones son débiles, generadas casi siempre por un impulso, por un instinto, más que por un criterio racional que muestre las aptitudes. Es una edad complicada, es cierto, pero a veces –solo a veces– superamos lo común y abrimos el camino.

En ese ímpetu de idealizarlo todo, de creer en lo imposible, ahí está la fortaleza. A veces necesitamos hacernos fuertes, ganar batallas, vencer obstáculos y derrotar las contradicciones. Necesitamos creer eso, sí, creer firmemente en eso y, sobre todo, creer en uno mismo por vocación.



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