Luis Miguel Cangalaya

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Salud, Reynoso

A Oswaldo Reynoso lo veía caminar por los pasillos de la universidad como quien mira a un héroe. Y es que eso había sido Reynoso para nosotros, para ese grupo de adolescentes recién salidos del colegio que aspiraban a ser escritores al estudiar Literatura en una universidad pública. Hablábamos de él como si lo conociéramos de años, incluso desde antes de haberlo leído. Todas las noches, cuando la euforia literaria apremiaba, nos mostrábamos lo que escribíamos mientras bebíamos lo que nuestros bolsillos y nuestro hígado podía aguantar. En el fondo queríamos haber escrito, al menos, la décima parte de lo que el gran Oswaldo pudo crear.

Todavía recuerdo la vez en que lo conocí. Fue en su cumpleaños.  Queirolo abría sus puertas a todos los poetas y escritores de la época, y también a los que aspiraban serlo. Ese era el espacio de encuentro, de discusión, de las mejores clases de literatura que uno podía recibir. Ese fue el lugar donde conocí a Reynoso y donde pude tomarme un trago con él y con un grupo de desconocidos. Le conté que había leído casi todos sus libros y él me dijo por qué “casi”. Sonrió. Le mostré un papel con un cuento que había escrito y él muy amable lo leyó y lo guardó en su bolsillo. Tienes talento, me dijo mientras bebía, pero ahora es tiempo de celebrar la vida. Quién lo diría, Reynoso celebrando la vida, esa vida que era tan suya y tan de todos a la vez, porque lo querían y lo respetaban, porque lo sentían tan humano, a pesar de la gloria que se resistía a admitir.

El pasado 10 de abril, habría cumplido 88 años, pero ya no está aquí. No está, pero no se ha ido. Salud, Reynoso. Mereces el cariño que tienes y mucho más.

 



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