Luis Miguel Cangalaya

Acerca de Luis Miguel Cangalaya:



Si Ribeyro no se hubiera ido

Si Ribeyro no se hubiera ido, habría regresado a esa infancia entre Lince y Miraflores, donde vivió sus primeros años. Quizá volvería a estudiar Derecho, aunque la Literatura, siempre desgarradora, lo atraparía para que escribiera su primer cuento “La vida gris”, con el que iniciaría el camino de escritor. De ahí, en Lima o en Europa, donde llegó en los años cincuenta, concretaría su vocación con el libro de cuentos Los gallinazos sin plumas (1955), que contiene, precisamente, el inmortal cuento del mismo nombre que hoy aún recordamos.

Si Ribeyro no se hubiera ido, aún transitaría en esos países europeos que lo vieron crecer: España, Francia, Alemania y Bélgica. Seguiría fumando innumerables cigarrillos cada día y viviría –o quizá “sobreviviría”– al cáncer al estómago que lo aquejó en esos años. Tiempo después, en los años noventa, retornaría al Perú y se establecería en Barranco, en un departamento que su esposa habría comparado con una “ventana frente al mar”.

Si Ribeyro no se hubiera ido, ganaría nuevamente el premio Juan Rulfo –y seguramente muchos otros más–, pero esta vez no iría su esposa y su hijo en su representación, sino él mismo estaría presente, pues si sobrevivió a la muerte, a cualquier circunstancia más podría también sobrevivir.

Sin embargo, Ribeyro sí se fue hace 14 años. Se lo llevó el cáncer, pero nos dejó una Palabra del mudo que aprendió a hablar por sí sola y con ella se consagró como uno de los mejores cuentistas de la narrativa urbana peruana. Un 4 de diciembre de 1994, Ribeyro se tomó un descanso y decidió darle vigencia a ese epitafio que aún se lee en su tumba: “La única manera de continuar en vida es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro”.

 



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