Luis Miguel Cangalaya

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Tragedia en el Nacional

Fue un domingo. Más de 47000 personas habían colmado el Estadio Nacional y esperaban un triunfo. Ese 24 de mayo de 1964 era la final clasificatoria para las Olimpiadas de Tokio, y Argentina ganaba uno a cero a una selección peruana que luchó hasta el final, hasta esos últimos minutos cuando las graderías peruanas vibraron con el gol del empate.

Esa tarde había sido esperada por todos. El fútbol, como hasta ahora, hacía que no haya distinciones políticas ni religiosas ni culturales. El fútbol nos suspendía en el tiempo, nos unía sobre todo cuando se sufría, cuando la agonía permitía un abrazo. Y esa tarde, a pocos minutos de terminar el encuentro, más de 47000 almas vieron al árbitro uruguayo Ángel Pazos anular el gol peruano en el minuto 35 del segundo tiempo, por una supuesta jugada peligrosa. La tragedia vendría después.

Un hincha saltó la valla para agredir al árbitro, pero fue detenido a tiempo. El partido se reanudó, pero al rato, otro hincha también se lanzó a la cancha. Entonces el árbitro terminó el partido y salió del campo. Su escape enfureció al público y comenzaron a arrojar piedras y botellas. La ira colectiva se apoderó del José Díaz. La policía soltó a los perros y lanzó bombas lacrimógenas hacia las tribunas populares para controlar la situación; sin embargo, la agravaron más. El público enloquecido trató de salir, pero se encontraron con puertas cerradas. La desesperación se acrecentó y se empujaron entre sí para salvarse, mientras niños y ancianos eran aplastados. El resultado: 284 muertos y 324 heridos. Tiempo después se dijo que las puertas fueron cerradas por un policía para que los hinchas retornen a sus asientos. La historia a veces es injusta, y la muerte de esas personas que pagaron con su vida una tarde de euforia así lo demuestra.



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