Luis Miguel Cangalaya

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Vox populi, vox Dei

La gente colma las calles. Su voz retruena mientras recorre cada avenida del centro de Lima. Las edades no son excluidas: adolescentes, jóvenes, adultos y hasta ancianos vociferan como quien espera una respuesta, una muestra de respeto. Esa gente, ellos que han vivido relegados, que han sufrido los perjuicios del olvido de –es necesario decirlo– sus malas decisiones, hoy sienten que su voz fue tomada en cuenta, que la lucha, la insistencia, la fortaleza de no sentirse rendidos ha dado sus primeros frutos.

El filósofo, escritor y político italiano Nicolás Maquiavelo escribe el Discurso sobre la primera década de Tito Livio, y en él también se refiere a esta frase. El capítulo 58 del libro primero, titulado

“La multitud es más sabia y constante que el príncipe”, muestra cómo y por qué el pueblo es más sabio y apropiado que un príncipe para asumir el cargo de gobernante. Es cierto que Maquiavelo no habla expresamente de democracia sino de “gobierno del pueblo”. De esta manera, el pueblo debidamente organizado escucha a los oradores para poder tomar las decisiones más adecuadas que alcancen e involucren a todos. Y, precisamente, las mejores decisiones deben ser tomadas con calma y pensando en el bien común.

Miles de años después, nuestro país, abatido por un Legislativo que ignora los intereses del pueblo, decide levantarse un 30 de octubre y logra ser escuchado. Levantarse contra la corrupción, contra quienes se enquistaron en el poder, es una forma de combatir el efecto parásito de esa clase política que solo ha dañado a los intereses comunes de la sociedad. La expresión en latín jamás tuvo mejor interpretación. La voz del pueblo es la voz de Dios; el clamor popular revela esa voluntad divina y por tanto debe respetarse. Eso ocurre hoy en nuestro país y es saludable, muy saludable. Hemos vencido.



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