Madeleine Osterling

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CRÓNICAS INTOLERANTES

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¿2019? Es sólo un número…

¡Feliz Año Nuevo, esperemos que el 2019 nos vaya mejor! Se trata de la frase que todos repetimos, es un cliché inalterable, que pronunciamos con gran sonrisa y un resquicio de esperanza. Quienes controlan el poder, se deleitan que nos aferremos a ese falso optimismo, les da una tregua.  Si cada año realmente fuera mejor, estaríamos en el paraíso; sin embargo, cada día estamos más lejos; al contrario, diría que nos asomamos a uno de los círculos del infierno de Dante. ¡Qué desazón!

El brillante escritor norteamericano William Faulkner decía: “El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado”. Coincido absolutamente, el 2018 se ha aparecido disfrazado de 2019, con los mismos actores y miserias, bajo el pomposo nombre de “Año de la consolidación de la lucha contra la corrupción”. Las nuevas autoridades ediles y regionales llegan con idénticas carencias de preparación y profesionalismo que las anteriores y, posiblemente, con el objetivo principal de recuperar lo invertido en la campaña; diría que lo único que los distingue, es su bonanza presupuestal. El Gobierno Central les ha chorreado dinero con inmensa generosidad, dizque para que cumplan con los ambiciosos ofrecimientos del Presidente, entre los que se encuentran cientos de kilómetros de carreteras,  60 establecimientos de salud y muchísima infraestructura de bienestar. Puedo imaginar la desesperación del ministro Oliva (tanto billete a quien no sabe gastar), pero los preferidos del Presidente, sus bastiones de gobernabilidad, son intocables.

Los ministros seguirán siendo los mismos, buenos o malos, a nadie le importa porque la mayoría no ha logrado salir del anonimato. Cuando por alguna circunstancia los invitan a retirarse, son reemplazados por sus viceministros o por algún funcionario de alto rango del sector porque, en el fondo, da lo mismo quién esté a cargo, el único requisito es la corrección política, incluyendo que no le hagan sombra y tengan la capacidad de alinearse a la primera llamada de atención.

Si oso preguntarles a los fanáticos por qué le tienen esa veneración a Vizcarra, la respuesta es casi de manual paporretero: ha metido a la cárcel a Keiko Fujimori y no va a parar hasta poner tras las rejas a todos los corruptos. Es el presidente-símbolo de la justicia. Vizcarra está encantado y envanecido, su siembra ha dado fruto en muy pocos meses; su perverso pacto con la prensa para que la gente deje de pensar y solo reaccione a estímulos de imágenes y titulares ha resultado infalible.

El 62 % del país que axiomáticamente lo apoya, está en #Modo Borreguismo, literalmente han prendido el piloto automático y decidido que es muy desgastante tener criterio propio. Por ello, el 2019 es más de los mismo, la prolongación de la telenovela que parece mantener felices a muchísimos peruanos.

 

 





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