Columnista - Madeleine Osterling

Amo a mi país, pero no es suficiente

Madeleine Osterling

19 sep. 2018 04:00 am
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El 58 % de los peruanos quisiera vivir en el exterior según una encuesta de Ipsos Perú publicada por el diario El Comercio: ¡la cifra es altísima! Sorprendentemente, el lugar preferido para emigrar es los EE.UU., a pesar de las políticas tan duras y hasta xenófobas del presidente Trump. Son números dramáticos, pero no desconciertan por el clima de hostilidad y decepción que vivimos en el país, reflejo de una sociedad que se siente abandonada y que no ve la luz al final del túnel. En simple, buscan oportunidades laborales para mejorar, son valientes y aspiracionales y saben que, si no arriesgan, satisfacer sus necesidades será el permanente sueño incumplido.

La mayoría tiene familia viviendo fuera y cuenta con evidencia directa que el esfuerzo paga, que trabajando lo mismo que en el Perú, en condiciones incluso menos amigables, serán respetados y compensados con justicia; saben que la siembra puede ser dura, pero se cosecha. En cualquier esquina del país pueden comunicarse por Facetime o Skype y ver –no que se lo cuenten– las diferencias en calidad de vida. Por ejemplo, tardar en llegar al centro laboral 30 minutos en lugar de dos horas, por las facilidades de transporte público, hace una gran diferencia.

Muchas empleadas domésticas en los EE.UU. tienen su propio vehículo y llegan a trabajar como “ejecutivas del hogar”; entran por la puerta principal y no con la mirada gacha por el ascensor de servicio. En España, la Seguridad Social es de lujo y los medicamentos muchísimo más económicos, con “genéricos” que proporcionan los mismos efectos clínicos que los de marca; algunos en el Perú parecen simples placebos.

Cuando la gente emigra se vuelve formal, cumple escrupulosamente la ley. Impensable echar desperdicios en espacios públicos o cruzar vías en lugares prohibidos. Hay un inmediato cambio de chip, se asimilan a la civilización. Ese peruano que sacaba licencias de conducir con tramitadores, que compraba “San Francisco” y que no tenía ningún respeto por su entorno, se vuelve el más pulcro y cumplido ciudadano. Protegen aquello que tanto les costó obtener, no por amor sino por evidente necesidad.

Es increíble que esta penosa situación pase tan desapercibida. Por la razón que fuera, cuando tienes a más del 50 % de la población que quiere huir, deberían sonar todas las alarmas, la mal llamada “reserva moral del país” debería organizar una marcha y las autoridades mostrar algún nivel de preocupación. Tres millones en el exterior y muchos más con ganas de empacar, y nadie alza la voz.

La felicidad de los peruanos solo gira en torno a la comida y a ocasionales chispazos de la Selección Peruana, ¿o algo se me quedó en el tintero?

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