Madeleine Osterling

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CRÓNICAS INTOLERANTES

Acerca de Madeleine Osterling:





Amor a la peruana

Cada vez que encuentro a un intolerante en la calle o vociferando en la cola de alguna entidad, me provoca preguntarle si paga puntualmente sus impuestos y merece que se le reconozcan todos los derechos que reclama como ciudadano. Si en lugar de boicotear el sistema y generar desorden, promueve que se respeten las reglas cuya estricta aplicación exige para sí mismo.

A mis conocidos, esos que salen presurosos a hacer obras de caridad, organizar eventos benéficos y sendos reportajes para publicitarlos, les preguntaría si tienen a sus empleadas del hogar trabajando quince horas diarias; si los arquitectos de sus exclusivos edificios diseñaron los dormitorios de servicio como diminutas cuevas, sin poder ceder unos centímetros de tanto espacio desperdiciado, o si recuerdan saludar a los porteros al salir (el apuro no es excusa), o quizás si el vigilante que cuida su casa y su sueño, lo hace a la intemperie, en una silla de plástico desvencijada, cuanto más incómoda, mejor, “para que no se duerma”, tomando taza de café tras taza de café con el peligro de gastritis y presión acelerada.

¡Me tildarían de socialista, orate o entrometida! En nuestro país impera la ley de la prepotencia y del mínimo esfuerzo, pero lo más trágico es que a nadie le sorprende, al contrario, generalmente te tildan de tonto cuando haces las cosas sobre la base de lo justo y no de lo cómodo. Me temo que el ventajismo nunca pasará de moda en el Perú, porque es parte de nuestra esencia, de nuestro ADN.

Los invito a revisar nuestra historia, encontraremos centenas de derrotas, traiciones y acomodos, ni en sueños, capítulos de orgullo como la participación de innumerables embarcaciones civiles británicas, de todos los tamaños, arriesgando heroicamente sus vidas para rescatar a sus soldados de Dunkerque, dramático episodio que le dio un giro a la Segunda Guerra Mundial, reflejado en el emotivo discurso del “we shall never surrender” de Winston Churchill. El Perú está tan distante de esa verdadera y desprendida solidaridad.

Por ello, no creo en los homenajes, condecoraciones ni estrellitas en la frente. No confío en los personajes que hablan en difícil y se deshacen en halagos hacia el prójimo, ni en las premiaciones a los peruanos (incluye ambos géneros) supuestamente más altruistas y humanitarios; son actos absolutamente formales y vacíos, para encumbrar el ego y la vanidad, y seguir creando brechas entre los que “supuestamente” dan y los que reciben.

La moral social en nuestro país tiene que ser homogénea, necesitamos un común denominador que no se limite a la Selección Peruana, una identidad más allá de la comida, tenemos que pasar de ser un territorio que aglutina a 30 millones de personas, a una verdadera nación… no digo país.





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