Madeleine Osterling

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CRÓNICAS INTOLERANTES

Acerca de Madeleine Osterling:

Desgastante involución

Increíble que la Contraloría tenga que desplegar a 90 auditores en las zonas más frías del país para acreditar que los 100,000 kits de abrigo (mero paliativo tardío) han llegado a su destino; ese es el nivel de desconfianza que tenemos en nuestras autoridades y en la logística de distribución del Gobierno. El peligro no es solo que los hurten, sino que terminen abandonados por simple desidia. Parece chiste, pero muchos funcionarios alcanzan su máximo nivel de incompetencia (principio de Peter) en el primer puesto público al que acceden y para llenar el vacío, contratan a muchísimos burócratas con el mismo grado de ineptitud: crece la planilla y la ineficiencia. Claro ejemplo, el Gobierno de Humala; entre el 2011 y el 2015 se crearon 600,000 nuevos puestos de trabajo en el sector público con un sobredimensionado engorde del gasto corriente del 63 %. ¡Dejó alta la valla!

PPK no se cohibió, en absoluto. En marzo pasado creó el Viceministerio de Gobernanza Territorial, del que nadie guarda recuerdo porque hasta hoy no se le conoce acto, pero que genera gasto al Tesoro Público; vale decir, a nuestros cada vez más desfondados bolsillitos.

Recientemente se ha concebido la Secretaría de Integridad Pública con el objetivo de “…demostrar un compromiso al más alto nivel con la lucha contra la corrupción y de fortalecer y respaldar las acciones para prevenir este flagelo…”. Suena solemne, pero nace condenada a una muerte súbita.

¿De qué nos sirve esta nueva entidad si los peruanos no estamos acostumbrados a cumplir las leyes, menos aún, las pautas de conducta? La tecnocracia invertirá miles de horas elaborando las fórmulas y decálogos más exquisitos para prevenir la corrupción, que serán presentados y publicados con gran fiesta, y difundidos con la mayor celeridad, pero todo seguirá igual. Cuántas campañas de valores se han lanzado durante los últimos años sin éxito; la corrupción campea y hoy, ya nadie puede esconderse (hay más celulares que población en el Perú), sólo el astuto gran mago que todos conocemos.

Si hubiera una correlación directa entre la cantidad de normas vigentes y la cultura y respeto de nuestra ciudadanía, seríamos un país modelo, imbatible, de una civilidad inalcanzable. Desafortunadamente, en el Perú la letra con sangre entra, hay que penalizar desproporcionadamente y con mano férrea, para disuadir. Estamos en un círculo de desgastante involución.

Me pregunto: ¿Se necesita una rebelión de la moral para combatir este indecente statu quo o la ética por convicción está disociada de nuestra ciudadanía? ¿Será que el único remedio es una suerte de “Gran Hermano”, ojos y oídos en cada esquina e instaurar a la Contraloría como primer poder del Estado? Se me eriza la piel de tentar una respuesta.

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