Columnista - Madeleine Osterling

Perdimos el miedo a tener miedo

Madeleine Osterling

3 jul. 2019 03:10 am
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“No sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa” (Ortega y Gasset). Frase que refleja perfectamente el estado de desconcierto que se vive en el Perú. Nuestros gobernantes están paralizados por el temor, extorsionados por el chantaje y regidos por la inacción. Parecen vivir de espaldas al deterioro tan progresivo que vive nuestro país, solo guiados por mantener el poder a cualquier costo. Nos quedan dos años de tinieblas e incertidumbre que solo se pondrá peor. A estas alturas debería haber alguna visibilidad de quién tomará las riendas en el 2021, pero todos sabemos que se lanzan nombres al aire o se hacen encuestas en absoluta ceguera. La reforma política es una tomadura de pelo, pues cuanto mayor es la urgencia de sintonizar a nuestras sociedades con sus necesidades esenciales, con las verdaderas prioridades, tanto menor parece la capacidad política de asumir la tarea.

Hay demasiados ejemplos de este estado de catatonia pero la minería es quizás lo más emblemático. Inadmisible que el director general de Minería no haya firmado aún la Licencia de Construcción de Tía María; es su competencia, deber y responsabilidad. Se trata de un trámite administrativo, penosamente politizado y por demás, innecesario, ya que la aprobación del EIA debería ser una suerte de mega autorización para la construcción y operación del proyecto. Seguramente se juega el cargo si le da pase sin la venia del Presidente; la voz del ministro de Energía y Minas ha perdido toda fuerza, si alguna vez la tuvo y, desafortunadamente, la Sociedad de Minería parecería también pecar de mudez.

En febrero pasado se adjudicó el proyecto Micchiquillay a Southern Perú, esa papa caliente cuyo contrato fue resuelto por Anglo American después de años de exploración. La empresa se la jugó pagando US$ 400M, dieciséis veces el precio base; un voto de confianza al país, esperando anhelada reciprocidad en Tía María. Es una inversión de US$ 2,500 millones y podría entrar en producción en el 2025; sin embargo, parecería una mera ilusión.  ¿Alguien en su sano juicio asume que Southern se la jugaría nuevamente, en un proyecto complicado y con conocidas complejidades sociales, con una Tía María en la eterna mecedora? No, salvo que se transformen en una sociedad de caridad.

El diálogo en Las Bambas no está funcionando, pero el Gobierno no tiene la valentía de reconocerlo. Ceden al chantaje, permiten la liberación de Frank Chávez Sotelo, uno de los insignes cabecillas de la extorsión, a pesar de todas las pruebas en su contra y luego, caraduras, declaran que no hay ninguna interferencia de poderes. Están desesperados, entrampados y ni así logran encontrar la valentía para poner las cosas en orden dentro de la legalidad.

Y pensar que nos creímos el cuento de la OCDE…

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