Columnista - Madeleine Osterling

Prohibido pensar

Madeleine Osterling

12 sep. 2018 04:20 am
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En este escenario de odio universal en el que se ha convertido el Perú, donde todos señalamos con el dedo al vecino sin mirar nuestra propia negrura, tenemos que encontrar soluciones para salir del despeñadero. Existe casi unanimidad en que la gran apuesta son las nuevas generaciones; por ello, amerita hacer un censo exclusivamente dedicado a los jóvenes, respecto de sus posibilidades de acceso a la educación, pero más importante aún, poner énfasis en la calidad de la educación. ¿De qué sirven los diplomas y medallitas si no hay real conocimiento, en su sentido amplio?

Algunas reflexiones:

Uno.- Somos el país de Sudamérica con más universidades después de Brasil (cuya extensión de territorio y población es ocho veces el Perú); sin embargo, el debate y la exposición de las ideas es inversamente proporcional a su número; es una terrible verdad.

Dos.- Acompañé a Aldo Mariátegui en la generosa tarea de regalar su libro “El Octavo Ensayo” en el Cusco, apoyado por un grupo de ilustres cusqueños denominado “Latinoamérica Libre”. Tuvo la oportunidad de presentarlo en diversos foros, siendo el más concurrido, la Facultad de Economía de la San Antonio de Abad. Clarísimo el pensamiento sesgado de los profesores de esta universidad; durante la rueda de preguntas, uno de los estudiantes increpó a la plana docente su falta de apertura y pluralidad de juicio. Otros reclamaban bibliotecas y acceso al conocimiento integral. La disertación de Mariátegui estuvo estupenda y, en apenas noventa minutos, hizo añicos muchos mitos locales con los que estos jóvenes han convivido por años. Les rompió esa urna de cristal construida a base de mentiras y secuestro del intelecto.

Tres.- Mariátegui fue vetado en la Universidad Andina, entidad privada que se publicita como “una casa de estudios dedicada a la formación de profesionales integrales, competitivos y con calidad humana… para contribuir al desarrollo de la sociedad”. Esta censura fue una clara demostración que ciertas universidades (cada vez en mayor número), solo resisten difundir lo que ellas denominan el pensamiento “políticamente correcto”. Olvidan que son los espacios naturales de intercambio de ideas, que siempre han sido un campo fértil para la incorrección, para desafiar conceptos preconcebidos y jugar con el lenguaje. Las universidades se han vuelto sectarias y argolleras y, desafortunadamente, el Perú no es ajeno a esta deplorable realidad, se han acomodado, plácida y rentablemente a esta cuestionable corriente mundial.

Cuarto.– En nuestro país no hay un crimen del pensamiento (como aquel descrito por George Orwell en su magistral obra “1984”). Sin embargo, parecería que las universidades se han convertido en policías de facto, capturando y sojuzgando la libertad de expresión, lavando el cerebro de nuestras nuevas generaciones y minando nuestro futuro. No podemos dar la espalda a esta penosa realidad.

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