Madeleine Osterling

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CRÓNICAS INTOLERANTES

Acerca de Madeleine Osterling:



¿Y la letra chiquita qué?

La vicepresidencia es el rol más opaco dentro del núcleo de gobierno, viven en un infeliz limbo institucional. Con ellos se cumple la máxima paradoja de que NO SON NADA, PERO PUEDEN SERLO TODO. Por ello, siempre hay que considerar su caudal político, su trayectoria, su lealtad y nunca perder de vista que pueden cambiar el rumbo del país.

Lamentablemente, olvidamos que la calabaza puede instantáneamente convertirse en carroza, generalmente por sorpresa y como consecuencia de esas vertiginosas crisis políticas que ciertas veces ellos mismos ayudan a crear. Nunca se escoge al vicepresidente pensando en el peor de los escenarios, son un nombre y una cara, posiblemente PPK y Vizcarra apenas se conocían.

El cargo puede ser muy ingrato y frustrante. Conocida es la cruel frase de James Garner, vicepresidente de Franklin Delano Roosevelt en sus dos gestiones: “La vicepresidencia no vale ni un cubo de escupitinajos calientes, se encuentra en una tierra de nadie entre el ejecutivo y el legislativo”. Es un rol expectante, absolutamente secundario, que a gente con descontrolada ambición le cuesta mucho trabajo ocupar.

En el Perú jamás miramos a los vicepresidentes, a pesar de que se trata de poner cierto “cuidado” en la conformación de la plancha. Hace unos meses, Carlos Bruce fue víctima de muchísimas críticas por violar los códigos de la corrección política (coloquialmente hipocresía) y declarar que para las elecciones del 2016, Peruanos por el Kambio tomó la decisión de invitar al actual presidente para ponerle color a la plancha electoral. Textualmente dijo: “El presidente Vizcarra no es un político, es un exgobernador regional de una región más pequeña y que candidateó en una lista en la que inicialmente estaba para ser congresista por Moquegua. De pronto dijimos: oye, necesitamos un provinciano en la plancha porque hay demasiados blancos y terminó como presidente por lo que todos sabemos” . En otras palabras, el objetivo era tener una fórmula más vendedora, con todas las sangres representadas; las calidades personales y profesionales pasaron a segundo plano. En la segunda vuelta, como se trató de todos contra el Fujimorismo o elegir el mal menor ‒esa trasnochada teoría de Vargas Llosa para justificar sus nefastos actos consumados de defensa de corruptos‒ había perdido aún más relevancia quien acompañaba a Kuczynski y, podríamos decir, que ni siquiera importaba el propio PPK: la irresponsabilidad en su máxima expresión.

La realidad es que Vizcarra hizo calistenia todo el verano del 2018, hasta que llegó su momento, pero no pudo con el encargo. Su primer ministro ha declarado recientemente: “No hay vencedores, no hay vencidos. No les estamos haciendo bien al país y nos vamos”. Si realmente se tratara del bienestar del Perú, hubieran tomado el eficiente camino de la renuncia; ya nada se les puede creer.



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