Sin temor a equivocarme, puedo asegurar que este es el año en que he leído más manuscritos (y he de aclarar que no trabajo en ninguna editorial).

Uno empieza muy joven en este oficio: nunca falta ese amigo que escribe y que quiere compartir contigo lo que ha creado. No solo quiere ganar un lector ese amigo, ni mucho menos quiere afianzar la amistad (de hecho, la amistad es una pieza exquisita y quebradiza en los ambientes literarios). Ese amigo busca una opinión, un juicio, un acompañamiento, una verdad. Y, en últimas instancias, busca el aplauso para subsanar algún trauma de infancia.

También uno escribe para curar los traumas de la vida (que son ineludibles y nunca son pocos). Y cuando uno no escribe, está leyendo para olvidarse de los mismos traumas. Las mismas lecturas nos llevan a otros autores y luego a otras épocas y, mucho después, a otras literaturas. De pronto, uno ya no lee a los clásicos y busca entonces a los contemporáneos. No falta mucho para que el salto se agigante y uno comienza entonces a devorar las novedades editoriales. Los libros recién paridos, los que morirán pronto, los que se exhiben en los escaparates de las librerías, los que uno adquiere como si comprara el pan.

Y el salto es al vacío cuando el lector llega a los manuscritos: allí uno está leyendo cosas no nacidas. Los libros en estado de gestación, los que tal vez nunca nazcan (porque no merecen nacer o por falta de oportunidades). Y uno se va dando cuenta de que la opinión importa mucho para el que te confía la lectura de su manuscrito. Tu opinión le parece vital. Tu opinión puede sentenciar su porvenir. De tu juicio depende que ese animal palabrado en Garamond 12 llegue algún día a una imprenta o no. Uno destruye vidas opinando. Uno destruye también el honor, el amor propio, el pequeño orgullo. La amistad, en suma.

No queda nada ya de ese amigo que te confió su primer cuento, su puñado de poemas, el primer capítulo de su desgraciada novela. No queda ni su amor por la literatura. Tal vez queda ese gesto cordial cuando se encuentran en los bares. Una ceja que se levanta. Aquel “hola” silencioso que dibuja con esa mueca.

En este año, sin temor a equivocarme, puedo decir que he perdido a muchos amigos. Muchos más que en otros años.