Marcos Ibazeta Marino

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Cada día se aclara el panorama

Desde hace un buen tiempo hemos venido sosteniendo que detrás del poder político formal aparecía la sombra de un poder detrás del trono que buscaba el control de todo el aparato estatal.

Esta oscura estructura no solo contaría con ingentes recursos económicos cuya procedencia no es del todo conocida, sino también con recursos tecnológicos de alta gama, para vigilar e introducirse en la vida privada de los adversarios potenciales.

Su accionar no enfrentaba gran oposición porque, de manera inteligente, su trabajo de infiltración institucional en el Estado le permitía contar con adeptos en los más altos niveles de poder.

El apoyo de los grandes medios de comunicación no necesita demostración mayor ante la gigantesca concentración de poder mediático existente y la tendencia informativa de los mismos.

Recordando la historia, al final del gobierno militar de los setenta, a todos los simpatizantes del mismo los individualizaban como corruptos militaristas, a pesar de que los latrocinios no los cometieron ellos sino los gobernantes. De esa forma se extirpó de raíz cualquier reminiscencia velasquista, mandándose al oscurantismo a todos los que directa o indirectamente tuvieron algún rol en ese lapso o simpatizaron con el golpe.

Luego de una década de ese hecho se sucedieron en el poder el aprismo y el fujimorismo y, por sus excesos y el gigantesco índice de corrupción en los que incurrieron sus líderes, todos sus simpatizantes han sido tildados de corruptos o cómplices del “fujimontesinismo” o del “alanismo” convirtiéndose en los nuevos apestados sociales.

Los ciudadanos que se abalanzaron contra sus connacionales que tenían ideas apristas o fujimoristas optaron por Toledo, Humala, Kuczynski y Vizcarra, con un intermedio aprista que volvió a beneficiar a Alan García porque en el escenario final quedó éste frente a Keiko Fujimori.

El problema es que todos los considerados “buenos y salvadores de la nación” terminaron igual que el gobierno militar e igual que el aprismo y fujimorismo en sus respectivos gobiernos, de modo que la condena tenía que ser similar a las anteriores.

No ha sido así: el sistema de justicia sigue persiguiendo al aprismo y al fujimorismo pero no toca a nadie de los últimos gobiernos. Cada nuevo gabinete parece un club con representantes toledistas, humalistas, pepekausas y ahora vizcarristas. El líder del partido morado ya mencionó su cercanía con este club, aunque parece que desde La Victoria y ahora desde la presidencia del Consejo de Ministros se forjan nuevas alternativas. ¿Los mismos de siempre seguirán en el poder?





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