Marcos Ibazeta Marino

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¿El desvarío político es culpa de la Constitución?

Tal parece que ni nos hemos consolidado como nación ni hemos construido un pensamiento colectivo con objetivos claros sobre el desarrollo que nos conviene ni hemos logrado un mínimo de unidad nacional sobre la base de nuestro origen, raza, historia y costumbres. Parecería que no tenemos intereses comunes que satisfacer sino solo diferencias que distancian y enemistan que nos conducen, no a trabajar en satisfacer los primeros, sino a exacerbar las diferencias que terminan incrementando intereses insatisfechos y ampliando la brecha de odio entre peruanos.

En dicho escenario toda posibilidad de desarrollo económico queda bloqueada, no explotamos adecuadamente nuestros recursos, nos empobrecemos mientras otros países crecen, lo que al final del túnel nos coloca empobrecidos frente a vecinos ricos que vienen y compran a precio regalado todo lo que tenemos y no quisimos explotar en su momento.

De este círculo vicioso surgen dos reacciones: o que el gobernante de un pueblo empobrecido por su propia necedad es entreguista, o que la Constitución vigente es la culpable de nuestra desgracia nacional. Esto no es nuevo. Se ha venido repitiendo durante toda nuestra historia republicana en la cual cada caudillo salvador terminaba convirtiéndose en el mayor ladrón de la historia en cada tiempo presente, al derrumbarse el control absoluto del poder al que apelan siempre los autócratas y dictadores.

El pueblo, siempre emotivo, prefiere dejar la racionalidad a un lado para desbocar su emotividad circunstancial, apoyando a la grita de quienes luego terminan por manipularlo, empobrecerlo, robarle su economía y, lo que es más grave, su moral. Nuestro presente es una demostración de lo que estamos afirmando. Los que gritaban contra la corrupción de otros son ahora los peores ladrones del presente y, como de costumbre, se ha desatado una lucha a muerte para el control del poder para lograr impunidad y limpiarse la cara ante la historia, pero destruyendo a sus rivales políticos, pudiendo llegar a una destrucción colectiva al grito de “muera Sansón y los filisteos”.

La estrategia de adelanto de elecciones manteniendo una ficticia popularidad apunta a una barrida general de los adversarios políticos con el beneplácito de una población enardecida, con razón o sin ella, pero dinamitada por una prensa entregada al que más puede pagarle y ofrecerle. ¿Es la Constitución la culpable de este desmadre o son culpables los ladrones y manipuladores de siempre? La gobernabilidad y la gobernanza depende de los que detentan el poder.





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