El 17 de abril de 2014 partió a la eternidad Gabriel García Márquez, acaso el narrador más imaginativo del boom, y el más cercano. El autor de Cien años de soledad fue un hombre de izquierda, un coherente hombre de izquierda. Por eso cuando nos sorprendió la noticia, imaginamos que con él perdíamos al último de los narradores cuya convicción fue más fuerte que escribir para que lo quieran más. A Gabo no le importó que muchos de sus lectores estuviéramos en desacuerdo con su lealtad al régimen cubano o que hiciera bromas de su parecido físico con Daniel Ortega, el dictador nicaragüense. El otoño del patriarca, El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera, pesaron más en quienes lo admiramos para que lo sigamos queriendo. Ayer, sábado 17 de abril de 2021, Mario Vargas Llosa, nuestro nobel de literatura, ha pedido el voto para Keiko Fujimori, la hija de quien en 1990 le ganara la elección presidencial. Sí, Mario Vargas Llosa, quien en palabras de Hernando de Soto, al perder la posibilidad de ser el heraldo del liberalismo o de la modernidad en América Latina, con Alberto Fujimori, hizo de cualquier persona asociada a esa derrota, su adversario. Así lo vimos pidiendo votar por Alan García en las elecciones del 2006 y por Pedro Pablo Kuczynski, el 2016. Cualquier candidato menos Fujimori, había que detener la amenaza de quien representaba la amenaza contra nuestra democracia. Sin embargo, ahora, frente a este escenario apocalíptico, pide el voto para quien ni en nuestros más extraños sueños habríamos imaginado. Y, cómo no, como Gabriel García Márquez, a la izquierda, nos da una lección de convicción y coherencia, a la derecha. Y eso es aplaudible, y eso nos deja un mensaje de amor por el Perú. Vargas Llosa, a sus 84 años, pudo elegir el silencio y no opinar en una campaña cuyos candidatos están en segunda vuelta porque nosotros lo decidimos en las urnas, o pudo ser políticamente correcto y buscarle cualidades a Pedro Castillo, el nuevo abanderado de la más arcaica izquierda, y ganarse el aplauso de muchos de nuestros intelectuales que aparecen para pontificar cada cinco años o que han devenido en incendiarios activistas de Facebook. El autor de Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo, El sueño del celta, nos devuelve a la máxima de Víctor Raúl: “mortal, no hagas de tu odio, inmortal”. Y mientras los odiadores escriben en redes que Mario eligió el mismo día del expresidente García para “suicidarse moralmente”, yo creo que Mario se reivindica y reivindica a quienes no han dejado avasallarse por la hegemonía de un discurso a quien ya le empieza a pasar factura la incapacidad, el cinismo y la corrupción de sus lagartos. La democracia vale el riesgo.

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