Más me robas más te voto

Más me robas más te voto

Si bien la reciente victoria de Lula da Silva en Brasil ha generado alegría en el progresismo y en lo que se podría catalogar como la izquierda latinoamericana, quienes suelen llamar a Bolsonaro el Trump (connotación peyorativa) de nuestra región, no se puede negar el masivo apoyo que el saliente presidente del Brasil tuvo durante la elección, tanto en la primera como en la segunda vuelta. Meses atrás, las encuestadoras del Brasil daban la victoria a Lula por una amplia mayoría, incluso asegurando que ganaría en primera vuelta.

Para comprender por qué Lula no ganó en primera vuelta, entre los muchos factores, se encuentra el que sobre Lula da Silva pesan diversas acusaciones por presunta corrupción, principalmente vinculadas a la empresa Odebrecht, por las cuales incluso fue sentenciado a prisión el 2017 (sentencia anulada por defectos procesales 19 meses después de iniciada la condena). Hecho relevante si se considera que, según el Barómetro de las Américas, de nuestra región, Brasil tiene el segundo índice más alto de percepción de corrupción de sus funcionarios: 79%. Es decir, 8 de cada 10 brasileños considera que sus autoridades son corruptas.

Entonces surgen las preguntas: ¿Cómo es que Lula da Silva ha vuelto a ser presidente? ¿Cómo es que más de la mitad del país dejó de lado las acusaciones por corrupción si la gran mayoría considera que la corrupción está extendida?
Tal vez se deba a una especie de tolerancia a la corrupción, una tolerancia que, en la región latinoamericana, parece no ser exclusiva de los brasileños. El escandaloso reciente caso de Argentina con su expresidenta y actual vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, investigada por sus decenas de propiedades y millones de dólares, a pesar de lo cual cuenta con gran respaldo popular, parece también responder a esa tolerancia.
En Perú no pasa algo diferente, pues quien se encuentra a la cabeza del gobierno ha sido denunciado por corrupción por la Fiscalía de la Nación, y en el fondo parece que a la ciudadanía no le importara. Curiosamente, según el Barómetro de las Américas, el Perú tiene el índice más alto de percepción de corrupción de la región, llegando a 88%: 9 de cada 10 peruanos consideramos que nuestras autoridades son corruptas.

Resulta interesante hacer un poco de memoria para corroborar que esta condición no es reciente. Años atrás, en Perú, se acuñó la terrible frase “roba pero hace obras”, en alusión al exalcalde de Lima, Luis Castañeda, presuntamente inmerso en casos de corrupción. Más allá de la veracidad de esas acusaciones, la frase implica una sentencia perversa en la relación entre autoridades y ciudadanos, que poco tiene de democrática.

Y por qué no ir más allá. Por qué no pensar en la famosa página 11 del primer gobierno de Belaunde, presunción a pesar de la cual tuvo un segundo mandato.

Los presidentes de los últimos 30 años se encuentran investigados e incluso sentenciados por corrupción, y ya a nadie le parece raro, un exceso, algo que no debería ser la norma. Pero lo es. Incluso expresidentes procesados política y judicialmente por casos de corrupción mantienen un gran respaldo de la población, por lo cual se consideran presidenciables. Ha sido similar en la región: en Argentina, durante el siglo XX, era conocida la frase “Ladrón o no ladrón, queremos a Perón”; hoy quieren a Cristina.

Recordemos que, según el contralor de la República, Nelson Shack, el 2021 el Perú perdió un aproximado de 24 mil millones de soles, que dejaron de ser destinados a obras públicas y a un mejor funcionamiento del Estado; 24 mil millones menos para salud, educación y desarrollo. 24 mil millones que nos roban a todos los peruanos, y que nos deberían hacer pensar cuánto se perderá este 2022 y, más importante aún, reflexionar sobre por qué somos tan tolerantes con la corrupción.

Mira más contenidos siguiéndonos en FacebookTwitter Instagram, y únete a nuestro grupo de Telegram para recibir las noticias del momento.