Preocupa que, en distintas partes del mundo, incluido el Perú, el uso obligatorio de la mascarilla se convierta para algunos en símbolo de autoritarismo de Estado y restricción de la libertad individual. Se la convierte -literalmente- en un bozal.

Preocupa que narrativas ciudadanas que promovían una civilización de protección entre unos y otros queden obsoletas, dando paso a discursos que promueven egoísmo y discriminación como máximas de la nueva normalidad.

Preocupa que la convivencia con el Covid-19 no promueva interacción solidaria, sino que provoque enfrentamiento. Que la vieja apuesta por el “diálogo” y la “concertación” sea suplantada por el “Sálvese quien pueda”.

La civilización del bozal no protege a las mayorías. Las expone al abuso de unos pocos que concentran riqueza o poder. No importa si ésta fue consecuencia de un acto legal o ilegal, pero lo cierto es que unas minorías terminan sometiendo a los demás, castrando las oportunidades que tienen para emprender, surgir y crecer.

Lo curioso es que la mascarilla de marras, esa prenda que hoy busca protegernos del contagio y evitarlo cuando la distancia social no funciona, se convierta en el símbolo de esta disputa contra la civilización del bozal, entre la libertad y la represión, entre lo colectivo y lo individual, entre vivir y morir.

Escenarios como éste, donde la frustración se convierte en el pan de cada día, donde la buena gestión del Estado brilla por su ausencia, donde la comunicación gubernamental confunde sin dejar nada claro, donde mentira y corrupción se apoderan del todo; incuban un malestar social de tal magnitud que termina expresándose como alta violencia o como excesivo silencio. Sea como se exprese, el resultado será siempre el mismo: una derrota social.

Por ello necesitamos voces políticas de protesta y crítica contra el piloto automático en el que nos ha puesto el actual gobierno. Necesitamos voces empresariales que implementen la reactivación económica considerando al otro en la ecuación de la ganancia. Necesitamos voces en los medios de comunicación que precisen cómo orientar al ciudadano cuando se trata de hacer realidad un cambio de conducta o comportamiento. Se trata de ir un poquito más allá de lo que nos dicta la pauta publicitaria. Necesitamos voces que no se agoten con la campaña electoral.

Necesitamos que estas voces conviertan la queja y el llanto en acción. Y podamos darle una nueva forma a la civilización de la mascarilla, una que dictará los destinos de los próximos años. El reto está en nosotros, cuando decidimos salir de la puerta de la casa y reconquistar el espacio que perdimos hace seis meses, cuando nos obligaron a elegir entre economía y salud. ¿Estamos listos para ello?