Llegué al aeropuerto despeinado con tardanza y la tinca que el avión ya estaría en el aire. En modo flecha voy al mostrador. Uno de los empleados que me vio llegar se acercó con una gran sonrisa de dientes blancos y sin dudar me dice, usted es el compañero de la maleta. Sus amigas ya están volando. Tincada correcta. No demoró en regalarme su chispeante cuento con la llegada, espera, la maleta y el rosario de recomendaciones dejadas por las guapas limeñas antes del embarque. Empalmó con su retrato de las viajeras y un directo, ahora hasta cuándo se queda. No me quedo, debo regresar ya! Tengo material para mi página en el periódico. Cortó la sonrisa para decirme, tendrá que esperar. El próximo vuelo para Lima sale el viernes y en otra compañía. Con qué cara y voz le diría, qué hacemos, que de inmediato soltó un triunfal, tranquilo compañero, aquí solucionamos. Sígame.

Amigable, eficiente y más rápido que candidato para ofrecer promesas me ayudó a recoger la maleta del depósito y entregarme el pasaje confirmado para el vuelo del viernes en la otra compañía.

Llamé a mi buen amigo René, le expliqué el tema y dice, te espero. El compañero que fue gigantesca ayuda escuchó la conversación, recobró la sonrisa de dientes blancos y volviendo a ese tono de triunfo sella con, esta famosa frase, completo Camagüey. Desde entonces es parte de mi vocabulario. Sin perder un minuto enrrumbe a casa de René en el que fue el pomposo barrio El Vedado.

Pa qué nomà, fueron tres días de bien estar y dar una nueva mirada a La Habana.

La segunda mañana salí temprano a dar una vuelta y recibí la sorpresa que recuerdo con muchísimo cariño.

Desde antes de cotizar la esquina tenía chequeada la gran casona esquinera en la avenida. La galería llena de chiquitines. Me acerqué, disparé mi Pentax y al toque uno de ellos volteó. Cuando menos esperé todos estaban arrimados a la balaustrada curioseando al curioso que desde la vereda saludaba a la profesora. Sin ser sabio supe que lo era. Sin decir soy periodista expliqué el porqué de la foto y pregunté si habría inconveniente en hacer otras tomas. Ninguno. Venga a la puerta principal.

Me recibió y atendió Margarita Pérez, directora del centro Heroico Vietnam. Me hizo pasar, conversamos, supo la historia del vuelo, la gentileza del empleado en el aeropuerto y en menos que canta el gallo ya me sentía y era de la casa. Me llevó al salón de clase, dejé que los chicos, que hoy deben ser jóvenes, decidieran cómo querían que hiciera las fotos, los vi jugar y acompañé a la hora de su refrigerio y la hora de la siesta. Me despedí contento.

Fue una gran mañana. El inesperado premio regalo que gané por perder el vuelo.

Quiero regresar.