A propósito del sismo de 6 grados con epicentro en Mala del último martes, la memoria ha traído de vuelta un recuerdo que casi coincide con la fecha. En 1970 ocurrió uno de los peores terremotos que sufrió Ancash, y que, quienes vivieron para contarlo, han eternizado el momento. El terremoto de 7,8 grados duró 45 segundos, pero quizá la memoria haya guardado un tiempo mucho mayor. Esos pocos segundos fueron suficientes para sepultar la ciudad de Yungay. Según los reportes que se tienen, se contabilizaron cerca de 80000 muertos y 20000 desaparecidos: una verdadera tragedia.
Hace unos años entrevisté a una sobreviviente del terremoto y escribí una crónica sobre su relato. Hoy, ante situaciones sísmicas impredecibles, es importante recordar sobre la intensidad de los hechos: “Cuando ocurrió la tragedia tenía 12 años; sin embargo, lo recuerdo todo clarito, como si hubiera sucedido ayer. Ese domingo 31 de mayo de 1970, en pleno sol, aproximadamente a las 3:20 p.m., me encontraba en mi casa a la entrada del Yungay”.
El relato describe los momentos aquel terremoto: “La tierra empezó a temblar verticalmente y se rajó la pista con furia. Vi al frente cómo los cerros se derrumbaban formando una ola de polvo y cómo a 2 o 3 metros más allá todo se esfumaba, ya no se veía absolutamente nada. Nos arrodillamos con mis vecinos en la plaza que era como una isla. Luego, cuando caminábamos por la pista nueva hacia la plaza de Yungay Antiguo me pareció que la tierra se desarmaba. Sonaba mucho, unos verdaderos rugidos, y la gente gritaba y decía que era el fin del mundo. Por tal motivo, retrocedimos hacia Ranrahirca, pero todo era igual. Vi algo así como chispas de fuego. Sería el choque de rocas de diferentes dimensiones, muy grandes, enormes, de verdad. Ya cuando subíamos hacia la punta del cerro por el costado de mi casa, caían trozos de hielo y piedras. Parecía una mezcla de lluvia y neblina. Más tarde, como a la media hora, se despejó un poco y se veía cómo las personas escapaban hacia el cerro, desesperadas”.
La memoria es una fuente poderosa de información, pero también de pesadillas y de heridas que a veces no terminan de cerrar, sobre todo, cuando han sido muy profundas. La naturaleza es sabia y nos habla: en medio de una pandemia hay prioridades que debemos tomar en cuenta. Esta advertencia es una buena oportunidad para hacerlo.

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