He terminado de leer “Metamemorias”, el último libro de Alan García Pérez. “No sé qué ocurrirá después, pero sé lo que debo hacer”, afirma en la última página, antes de citar a Shakespeare y Seoane. Conmovedor y trágico. Un texto de quizá el último político enciclopedista, aquel que hace veinte años nos dijo que nosotros no tendríamos que pasar por leer aquellos ladrillos que su generación tuvo que desempolvar para desentrañar a Marx, a Kant o a Voltaire; porque nosotros tuvimos el privilegio de nacer en una sociedad donde la información llegó a nuestras manos en esas pequeñas piezas que sirven además de para conversar, tomar fotografías, leer todos los periódicos del mundo y grabar entrevistas.

Empieza su escritura en la embajada de Uruguay cuando los fiscales lo tenían cercado y, en las afueras, un grupo de sus jóvenes partidarios hacían vigilias enfrentándose a los remanentes de una izquierda que, también lo escribe, no le perdonó jamás haber sido derrotada por él, primero en 1985 y luego el 2006, a pesar de la leyenda negra que pesaba en su contra. “Me criminalizaron durante más de treinta años”, sentencia. Aunque con citas a los autores que forjaron su intelecto y narraciones en las que maneja con audacia la tensión, es inevitable sentir su ansiedad por permanecer, la desesperación propia de quien sabe que no tiene el futuro a su favor; acaso por eso el viaje hacia su infancia, a poner los puntos sobre aquel tridente que empuñó durante toda su vida como si se tratara de un arma invisible: Celia, Carlos y Víctor Raúl. La imagen del niño que descubre que al otro lado de su ventana había un mundo y que él estaba en ese mundo, es impresionante. “Hoy, diría que tuve la visión de un drone, viéndome a mí mismo cada vez más pequeño”, confiesa.

Dueño de una vida que le entregó admiradores y detractores, propietario de una memoria prodigiosa; siempre recordaré la tarde cuando me preguntó: “Oiga y, usted, a qué poeta admira”, y yo le respondí “a Darío”, respuesta suficiente para que nos exponga una clase sobre el modernismo. “Metamemorias” es un texto de 497 páginas que se lee con facilidad. Podremos estar de acuerdo o no con su omisión de refundar el aprismo, con “las malas juntas” que tuvo a lo largo de su carrera que lo llevaron a perder la simpatía de un electorado que le dio la espalda el 2016; lo puntual es que no se equivocó cuando dijo: “previsible es que, en el curso de los próximos meses, decline el circo y cobre mayor vigencia el reclamo por el pan y el empleo”. Hoy, asolados por la pandemia y la incompetencia del gobierno, el desborde y la crisis son una bomba de tiempo. Que su botella de náufrago, sepa llegar a su destino.