Entramos al túnel sinfín al que se ingresa cuando una sociedad tonta abre sus puertas al comunismo, pese a las advertencias –y sobre todo las evidencias– que justificaban la alarma de quienes anticipaban lo que ya es un hecho en este país. En adelante, indefectiblemente emigrará al exterior una población de nativos que llamarán al Perú “el que fue mi país”. La estupidez del treinta por ciento de malos peruanos que optaron por no votar en segunda vuelta; la vileza de quienes por rencor –o por lo que fuere–decidieron votar por el comunismo; o peor, el silencio de la llamada clase acomodada –con mayor miseria, los que representan al denominado “gran empresariado”, que de grande tendrá algún dinerillo; aunque su alma es tan pigmea como miserable– que no movió un dedo para evitar que el marxismo se apodere del Perú. Incluso es probable que muchos de ellos ayudasen al comunismo, alucinando que así salvarían su capital. En resumen, amables lectores, estos malos peruanos, estos cicateros connacionales –que traicionaron al pensamiento del centro derecha y del centroizquierda– son grandes responsables de que lo que ocurra en el Perú, luego que Vizcarra y Sagasti arrasaran con lo poco que quedaba de él tras la rapiña de Toledo, Humala y Kuczynski.
Paso por paso y en todos los tonos se les advirtió a estos fariseos lo que iba a ocurrir. No se trataba de especulaciones o de nigromancia alguna. Es que conocían el libreto completo. Ocurrió en 1959 en Cuba y luego en 1999 en Venezuela. Dos generaciones de peruanos ya vivieron ambas experiencias. Ni siquiera necesitaron recordarlo de memoria porque, por ejemplo, EXPRESO se encargó de repetirlo una, otra y otra vez. Pero nada les importó. Decenas de miles de ciudadanos venezolanos exiliados en el Perú también venían anticipándolo hace meses. El modelo siempre fue el mismo. Los comunistas niegan las evidencias y engañan a los tontos. Mientras tanto proceden con rigor y osadía. Al comienzo aplican soterradamente su plan básico para ir adecuándolo según la estrategia de avanzada. Arranca con una asamblea constituyente convertida en poder absoluto, por encima de la Constitución y de los poderes Ejecutivo, Judicial y Legislativo. ¡Todo quedará subordinado a ella! La asamblea la manejan determinados representantes de “asociaciones del ciudadanos” –“gremios populares”– digitados por el gobierno para que lleven la voz cantante frente a unos formalistas “representantes independientes”, elegidos por la sociedad, que sólo harán las veces de asambleístas. Para todos los efectos, estos acaban sometidos al mandato de los representantes de “gremios” que, repetimos, los escoge el partido de gobierno. Al final del día –ocurrió en Venezuela y la historia también lo registra en Cuba– será el gobierno el que proponga, apruebe y promulgue una nueva, espuria constitución bajo la ficción de una asamblea.
Con un Congreso fragmentado al extremo –donde el centro político ha sido diezmado por partidos políticos que actúan como carteles mafiosos, adonde priman los intereses individuales– la aplanadora comunista tiene allanado el camino para transformarnos, a cortísimo plazo, en otra república marxista bolivariana.

Para más información, adquiere nuestra versión impresa o suscríbete a nuestra versión digital AQUÍ.

Mira más contenidos siguiéndonos en Facebook, Twitter Instagram, y únete a nuestro grupo de Telegram para recibir las noticias del momento.