Mi primer encuentro con la poesía de Vallejo fue un golpe demasiado duro. Lo recuerdo. En esos años los escolares retornábamos al colegio en abril y nos sentíamos cada vez mayores. Iniciar la secundaria era eso, precisamente, la experiencia de sentirse adultos. Entonces, ese profesor cuyo nombre ahora no recuerdo, nos retó a ser verdaderos adultos y sacó un libro enorme que contenía la poesía completa de Vallejo. Había que conocerlo, dijo, porque justo en un día de esos de abril Vallejo había partido a la eternidad. Entonces sorteó un poema para cada estudiante y me tocó un poema que ni siquiera era fácil de pronunciar: “Espergesia”. Lo leí, por cierto, y muchas veces. No recuerdo ahora cuántas, en realidad, y no recuerdo otras cuántas veces debo haber odiado a Vallejo por no entenderlo.

Vallejo nació un día que Dios estuvo enfermo. Solo eso. No había más. Eran los únicos versos que había descubierto y que, por cierto, había entendido mal. Para un estudiante que inicia la secundaria, eso debe ser la tentación inmediata para odiar las letras, la poesía y a los poetas. Entonces no teníamos la mínima idea del yo poético ni nociones de teoría que nos ayudaran a entender más allá de lo literal. Visto de esa manera, leer la poesía de Vallejo era entregarnos al abismo. Y, sobre todo, sin el cálido abrigo del internet ni de las facilidades de googlear hasta nuestras inquietudes más existenciales como ahora. Eso era, sin duda, el abandono en medio de una poesía que no se dejaba leer. Sin embargo, la cuestión era más compleja, y lo entendería muchos años después. No se trataba de que Vallejo no se dejara leer, sino de que no teníamos las herramientas para hacerlo. Y así, como todo lo que vendría después en muchos aspectos de nuestra educación.

Han pasado muchos años desde ese primer encuentro con la poesía de Vallejo. Hoy, no sé si la entiendo totalmente –es difícil y peligroso hacer esa afirmación–, pues cada vez terminamos encontrando mucho más que no nos habíamos percatado en ese escritor inmortal. Quizás por eso hoy, 129 años después de que naciera Vallejo un 16 de marzo, todavía sigue vigente con todo lo que nos dejó. Por eso, además, esta columna lleva el nombre de ese primer poema con el que lo conocí, porque es una forma de homenajear los miedos que hemos vencido y de lo que hemos aprendido para entender la vida un poco más cada día.