Técnicamente, sería mi tercer mundial viendo a Perú, pero realmente en sentirlo y disfrutarlo sería el primero. Tenía 4 meses cuando se jugó Argentina 78 y 4 años cuando se realizó España 82. Mi primera eliminatoria fue la de Italia 90, donde hicimos cero puntos en cuatro partidos. De ahí en más solo decepciones, las cuales pasaron del blanco y negro al color.  Mi generación nunca tuvo tan cerca al Mundial como cuando en la eliminatoria a Francia 98 parecía que estábamos ya celebrando en París, pero una vergonzosa goleada en Chile terminó con nuestros sueños mundialistas.

En tanto, todos los que tenemos más de 30 vivimos los años del casi, del matemáticamente es posible, del gol en contra en los últimos minutos, de los triunfos morales y hasta los escándalos sexuales en las concentraciones. Todo esto generó una mentalidad derrotista, llena de dudas sobre nuestra viabilidad en el deporte más popular del mundo. Ganábamos un partido, luego otro y estoy seguro que esperábamos con miedo el siguiente partido con racha victoriosa. Muchos factores hicieron que la mayoría se volviera escéptica con el fútbol peruano y otros vieran en los fracasos de la selección la oportunidad para descargar sus frustraciones.

Un gran mérito de este equipo de Gareca es haber conjurado este lastre y haberlo descargado de los hombros de la selección. Le ha enseñado a esta generación, aquellos menores de 20, que ganar es posible; clasificar, una obligación; y mantener la valla invicta, una consecuencia natural del juego. Díganme, hace dos años ¿alguien creía que podíamos ir a Europa y jugar de igual a igual con un equipo de primer nivel? Este equipo ha demostrado tener temple, empuje y sobre todo no tenerle miedo a la adversidad. Su clasificación fue un gran logro, lo que venga después es premio.

A disfrutar del Mundial.