Isaiah Berlín nos introdujo en el significado de la libertad, en ese “estar libre de toda coerción exterior”. La coerción existe de alguna manera en toda sociedad, pero en el totalitarismo (allí donde Stalin sacaba a sus enemigos de la foto, entiéndase), la coerción es total porque abarca el pensamiento y nada más tentador para el funcionario totalitario que reeducarte según sus propias pautas. En el totalitarismo el miedo es central y nada es más contrario a la libertad que el miedo (como si no tuviéramos bastante con saber lo que es una pandemia).
Berlín aporta más y lo hace en un fabuloso ensayo escrito en 1953, titulado El erizo y el zorro. El razonamiento parte de una frase de Arquiloco que fabula bien: “el zorro sabe de muchas cosas, el erizo sabe de una sola cosa”. Berlín usa la frase para aplicarla a diversos pensadores y escritores en la historia: a los que cierran la mirada del mundo y a los emisarios de la pluralidad de las sociedades abiertas. Bien puede aplicarse a la concepción del totalitarismo que no admite más de una ideología, una sola forma de ver el mundo, una sola moral; pero el Hombre es un ser moral porque es libre, porque puede elegir (en extremo, según Sartre, incluso, entre el bien y el mal). Sometido a una sola visión o monotema fenece su creatividad y su esencia desaparece.
Los erizos no necesitan la complejidad, les basta una sola idea para comprender el mundo e imponerla. Si el poder estuviera en sus manos solo su mirada existiría, asumida como infalible. La diversidad, rica por la opción del aprendizaje del otro se cancela en su diccionario único, que interpreta las cosas a la luz de un color. La diversidad, por el contrario, nutre de experiencias a la existencia, que deja de ser tal para tornarse en vida pura. Al erizo poco le importa la evolución, lo suyo es ese punto inmóvil e incontrastable desde donde mira el universo.
Para los erizos la deliberación es ociosa porque ya su pensamiento lo abarca todo y así es que los otros moriremos sabiendo menos por ausencia de contrastes. Rige lo uniforme, lo rígido, lo irrebatible. Allí muere la filosofía del conocimiento. Los zorros, por su parte, asocian el mundo a miles de ideas por procesar. Esa es la diferencia entre la platónica y oscura caverna que nos reduce y la libertad.