A 24 horas de las elecciones, el pueblo irá a las urnas aturdido por contradictorias encuestas y desconcertado por insulsos debates presidenciales, en el marco de una campaña con pocas propuestas y muchos agravios.

Estamos divididos, confrontados, porque se ha trazado una oscura línea divisoria entre amigos y enemigos, buenos y malos, patriotas y antipatriotas, honestos y corruptos, demócratas y totalitarios, que batallan con fiereza en medios de comunicación y redes sociales convertidas muchas veces en torrentosos ríos de mentiras y calumnias, burlas o agravios, que hacen posible que un sector de la población no vote por quien valore más, sino por quien odie menos.

Asistimos, asimismo, al fin de un ciclo histórico donde los partidos han sido semidestruidos y reemplazados por independientes que postulan a la presidencia, Congreso, regiones o alcaldías, utilizando logos de grupos inscritos en el Jurado Nacional de Elecciones, pero que no cuentan con locales, dirigentes ni registran alguna actividad y solo reaparecen en los comicios ofreciendo sus emblemas a modo de vientre de alquiler.

Nadie sabe qué pasará el domingo, pero todos sabemos que el próximo gobierno tendrá la inmensa responsabilidad de reconstruir las instituciones que solventan el Estado constitucional de derecho –Poder Judicial, Ministerio Público y Jurado Nacional de Elecciones, hoy débiles, poco eficientes y politizados– y además, llevar adelante una verdadera reforma política retornando a la bicameralidad y modificando las leyes para que los partidos puedan funcionar sin pasar por las vejatorias horcas caudinas de jurados incompetentes que utilizan formalismos burocráticos para vetar su participación en los comicios, y tachar o reponer candidatos a su antojo.

Es larga y compleja la tarea por delante, especialmente cuando somos el país que peor ha manejado la pandemia en el mundo, con 138 mil fallecidos y una dramática carencia de camas UCI, pruebas moleculares y balones de oxígeno, a pesar de haberse gastado 150 mil millones de soles en atender la pandemia, cifra similar a todo el presupuesto de la República que el próximo gobierno tendrá que pagar.

Es tiempo de recuperar la salud utilizando eficiente y honestamente los recursos públicos. Este año, en plena crisis, de 4,384 millones aprobados para obras en infraestructura hospitalaria solo se han gastado 466 millones y en 749 proyectos ni un solo sol (Gestión 04/04/2021). Lo que es peor, la incapacidad burocrática es tan alta que el 2019 retornó al Tesoro 17 mil millones del presupuesto de inversiones, lo cual sucede todos los años.

No hay explicación para seguir confrontando, para no desplegar todas las energías en habilitar fuentes de trabajo, ahora que dos millones trescientas mil personas han quedado desempleadas.
Así como el paralizado proyecto cuprífero Tía María representa una inversión cercana a 1,500 millones de dólares y crearía 9 mil empleos en sus diferentes fases, el Ministerio de Energía y Minas tiene en cartera 50 grandes proyectos que forjarían dos millones de puestos de trabajo y dejaría al gobierno cien mil millones de dólares en ingresos.

Para concertar, empero, hay que derrotar al enemigo número uno que corroe las entrañas del país: la confrontación, cuando no el odio, enclavado como una estaca envenenada en el corazón de miles de personas. Sino lo hacemos nos devorará a todos, incluyendo a quienes se abstienen o guardan silencio, como en el microcuento que encabeza esta nota.