Mijael Garrido Lecca

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LA FÁBRICA DE ALFILERES

Acerca de Mijael Garrido Lecca:



Plancha quemada, señor Vizcarra

Los regímenes que concentran más poder que el que el modelo republicano permite, no siempre lo hacen de la misma forma: puede concentrarse el poder a través de un golpe de Estado y -a punta de fusil- doblegar al resto de voces para romper el equilibrio de poderes. Si bien esta forma ha sido harto común los siglos XIX y XX, las concentraciones de poder que devienen en autoritarismos competitivos y, eventualmente, en dictaduras tienden a tomar una ruta más discreta y más peligrosa; por tanto, poco a poco van quebrando los cimientos de la división de poderes y al mismo ritmo se normalizan conductas inconstitucionales.

El señor Vizcarra cerró el Congreso a través de una interpretación realmente rocambolesca de la Constitución. Pero el mismo señor Vizcarra ya se había asegurado con la cuestión de confianza famosa unos meses más para un Tribunal Constitucional en donde 6 de sus 7 miembros tienen el periodo acabado. Así, una puerta lleva a otra. Lo que debió ser un dique de contención para la primera estocada a la democracia terminó con guirnaldas democráticas colocadas por el mismo organismo que Vizcarra había entornillado en aquel lugar. Esta ha sido solo la primera de varias gruesas violaciones al sistema.

El señor Vizcarra ha violado la imparcialidad de un Presidente durante un proceso electoral, ha legislado como le ha dado la gana a través de decretos de urgencia sobre materias que no eran, bajo ninguna lógica, urgente. Ejemplo: la semana pasada, el Presidente le entregó, vía decreto, facultades al MEF para revisar y modificar el Impuesto Selectivo al Consumo. En cristiano: Vizcarra le dio más poder a Vizcarra. Es por eso que la primera tarea del Parlamento que pronto asumirá funciones habrá de ser revisar cada uno de esos decretos y poner los puntos sobre las íes. Sobre la defensa de sus fiscales, aún queda por decir.

La semana pasada, sin embargo, Vizcarra ha ido un paso más allá: dos fiscales y cuarenta policías allanaron la casa de la Editora Política de este diario con la finalidad de pedirle acceso a su cámara de seguridad para echar luces sobre un robo ocurrido en el supuesto perímetro del alcance de la cámara. ¿Cuarenta policías? Vamos en buen castizo: ¿No me jodan ya? ¿Cuarenta policías en la casa de una periodista? A Abimael Guzmán lo atraparon dos policías con un contingente de doce que llegaron poco después de la reducción del hombre más buscado del Perú. Al principio todos los medios -salvo Perú21- mantuvieron silencio. Con el pasar de las horas el resto reaccionaron. Pero tibiamente, como pudorosos.

Vizcarra empezó a legislar con decretos con la ley del libro. ¿Quién iba a oponerse? Bueno, ya está legislando sobre materia económica. Vizcarra ha empezado con esta amenaza a todas luces a la libertad de expresión, pues este es el único diario abiertamente de oposición, y la verdad es que ha pasado bastante piola. Ya sabe el señor Vizcarra que puede mandar a cuarenta policías a la casa de cualquier periodista o líder de oposición que se oponga al régimen bajo el pretexto que le dé la gana y la respuesta va a ser tibia, como tibios somos los peruanos, cuchicheros, expertos en hablar a medias voces y ver qué viene después.

Bueno, después vendrán los demás. Al señor Vizcarra el poder lo ha amielado y dudo mucho que piense dejarlo ir -junto con la inmunidad que este trae consigo- tan fácilmente. El problema está en que detrás de cada uno de estos atropellos no falta una recua de waripoleras que se encargan de decir que todo esto es normal, que está bien o peor: no dicen nada. Y en ese silencio se esconde la mayor cobardía, la que fertiliza a una sociedad asqueada de sí misma y que les abre las puertas a fanatismos. Ya las abrió, de hecho. Hay un grupo nutrido de congresistas que plantea fusilar gente y otro que dice que los homosexuales llevan el mal en el alma. Tubino y Arimborgo parecen niñitos en pañales al lado de estos.

Advertidos están por pocas pero firmes voces desde el 28 de julio del año pasado: el modus operandi de Vizcarra es exactamente el mismo con cada institución que se propone demoler: empieza con un grácil tira y afloja y como nadie tira de vuelta, termina por lograr su objetivo. Si esto termina siendo una dictadura represiva y desastrosa, no vayan los abanderados de la moral a salir a decir que recién se dieron cuenta. Que la verdad, era su letra. Porque aquí todas las linternas están prendidas y estamos gritando hace rato: ¡Plancha quemada!



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