No faltarán ahora los tontos que critiquen a los candidatos por inscribirse en un partido político para postular en las elecciones. No saben que los partidos ya no son lo que eran. Hoy son solo caballos para la carrera electoral. El que gana la carrera es el jinete.
Partidos y líderes hoy son –siempre fueron- medios y no fines en sí mismos.

Tradicionalmente, un partido solía tener tres pisos, de arriba para abajo: ideología, programa y organización. Hoy no son sino organización en el mejor de los casos. La ideología ha muerto, y todos tienen, con variantes ínfimas, el mismo programa: la igualdad, el paradigma de nuestra era.

Pero entienden la igualdad no como igualdad de oportunidades para todos, sino como abolición de las identidades a menos que estén “representadas”. Han entendido al revés. Los partidos tienen incorporada la noción –más bien el chip mental- de la “representatividad” como meta superior y mérito máximo de la democracia. Y malentienden la representatividad como la “cuota” que cada grupo de identidad necesita alcanzar en un cuerpo político –plancha presidencial o lista parlamentaria- para poder existir.

Pues les tengo noticias. Eso es corporativismo. Además, tiene serias limitaciones prácticas. Reto al más pintado a imaginar cómo se puede meter Lima en el Callao o el mar en un balde. La inmensa diversidad de la sociedad peruana no puede ser equitativamente incorporada por el mecanismo absurdo de que cada identidad o grupo de interés necesita un representante para alcanzar su inclusión.

Esto no es solo una torpeza, sino que es inconstitucional. Según la Carta, un representante no está sometido a mandato imperativo. Y esto no se refiere solamente al partido en el que se encuentra circunstancialmente, sino a los electores mismos que lo llevaron a la curul. Y, sin embargo, la premisa de la “cuota” es que quien ha sido electo está moralmente obligado a hacer lo que sus electores dicen. Es más, se da por supuesto que, por la naturaleza misma de su identidad ya sea racial o de género, no tiene otra alternativa de cualquier modo. No puede pensar por sí mismo. No es libre.

Algunos partidos recuerdan todavía vagamente la idea de la libertad, pero ya nadie se atreve ya a mencionar en público a la autoridad política. Con las justas se habla de gobernabilidad –que es el contrapeso necesario de la representación- para no herir la susceptibilidad de quienes sufren ataques de ansiedad cuando es necesario hablar de autoridad política legítima.

Y, sin embargo, autoridad, libertad e igualdad son las ideas que han dominado sucesivamente la historia política moderna. Cada uno de esos paradigmas tuvo su momento bajo el sol y no se edificaron negando en cada etapa al paradigma anterior, sino construyendo sobre él, en una pirámide trunca, para balancearlos en un equilibrio estable al que llamamos democracia.

Equilibrio relativamente estable siempre, sin embargo. Porque la democracia es un milagro. Es como esos juegos mecánicos que hay en los parques de diversiones donde una barca oscila como un péndulo a un lado y otro cada vez más hasta quedar inmóvil en el aire en equilibrio momentáneo perfecto. Pero siempre bajo amenaza de deslizarse en la demagogia o el autoritarismo.