El recordado intelectual Marco Aurelio Denegri decía que los seres humanos, al percibir un error no optaban por la corrección, salvo ocasionalmente, por lo que proseguían en el yerro y empeoraban su actuación; “Pareciera haber en nosotros vocación de peoría y no, como sería menester, ánimo de mejoría”, señalaba. Esta contumacia, que nos lleva a tropezar mil veces con la misma piedra, habría llevado al sabio Albert Einstein a la conclusión de que “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Aunque la autoría de la frase sea incierta, lo concreto es que los resultados adversos, deberían llevarnos a redefinir nuestra actuación para atender un propósito.
Esto sería muy útil en nuestro Estado, entidad carente de servomecanismos que lo lleven a enmendar rumbos reiteradamente fracasados e inconvenientes. Todos los años se realizan cálculos, estimaciones y pronósticos que normalmente fallan, y por mucho; sin embargo, se vuelven a enunciar propuestas con la misma metodología y similares o mayores desaciertos.
Veamos una proyección que se planteó en 2013 que postulaba metas para 2021, la que podemos resumir en los siguientes puntos: 1) Seríamos los primeros productores acuícolas de la región gracias a la promoción del Estado y con exportaciones de ese rubro por 4,600 millones de dólares. 2) 52 mil pescadores con ingresos superiores a 5,000 dólares mensuales. 3) 50% de la pesca destinada al consumo humano. 4) 30 kg per cápita al año de consumo de pescado. 5) 5,000 millones de exportaciones pesqueras para consumo humano.
En la esquina de los resultados nos encontramos con lo siguiente: 1) Somos los quintos productores acuícolas en Sudamérica y la inseguridad jurídica nos limita a exportar apenas 300 millones de dólares anuales. 2) Los ingresos del 70% de los pescadores artesanales son menores de 3,500 dólares al año. 3) En 2020, solo el 23% de la pesca se destinó al consumo humano. 4) El consumo per cápita de pescado es de 25.5 kg, aumentó solo 3 kg desde 2013 y se sostiene en 20% con pescados importados. 5) Hemos tenido exportaciones para consumo humano de 1,282 millones de dólares en 2020.
Es ostensible que las profecías burocráticas fueron hechas de manera liviana e irreflexiva. El Estado mantuvo todas las rémoras que impedían los progresos anhelados, cuando no incrementaba los obstáculos. Sin políticas públicas definidas y constantes, los agentes productivos anduvieron desconcertados. La acuicultura se mantuvo en los mismos niveles debido a la incertidumbre legal y falta de normas promotoras estables. La pesca y acuicultura artesanales fueron relegadas a la informalidad e ignoradas. La actividad para consumo humano fue hostilizada y se le restó competitividad, pero aun así, fue creciendo. La competencia desleal de productos pesqueros importados fue acentuada en las compras estatales y se derogaron las normas que promovían la adquisición de pescado de entidades públicas. Se bloqueó la posibilidad de una industria atunera desde la SUNAT y se erigieron muchos estorbos más.
Haciendo lo mismo que nos mantuvo como pesquería no diversificada, no podíamos pretender un gran salto cualitativo. El piloto automático nos hizo navegar dando vueltas en círculo. Y las posibilidades están ahí. Las ventajas comparativas son enormes. Desde esta columna hemos realizado decenas de propuestas para cambiar de rumbo y lo seguiremos haciendo. Restituir el Ministerio de Pesquería es una de ellas y es clamor en mar y tierra. Esperamos escuchar los planes para el sector pesquero y acuícola de ambos candidatos, y no seguir en este recalcitrante afán por la peoría del que nos noticiaba don Marco Aurelio.

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