Monseñor Luis Bambarén Gastelumendi fue uno de los religiosos peruanos más influyentes del último medio siglo. Falleció el 19 de marzo a los 93 años, de los cuales pasó 52 después de su consagración episcopal. Conocido como el Obispo de los pobres, murió como miles de ellos, a causa del COVID-19 que azota a un país desarmado para enfrentarlo y sin más esperanza para vencerlo que una declinación natural.

Nacido en Yungay, optó por la vida consagrada a su fe y fue ordenado sacerdote en 1958. Una década después y antes de cumplir 40 años, Pablo VI lo nombró Obispo Auxiliar de una Lima con 5 millones de habitantes, para atender a la población de las llamadas barriadas.

El Cardenal Juan Landázuri lo reconocería en una histórica ceremonia en la Parroquia de San Martín de Porres. Forma parte de la mitología urbana su participación en defensa de los invasores de Pamplona en abril de 1971, su recordada homilía del 9 de mayo, su apresamiento, puesta en libertad y su gran aporte al nacimiento de Villa El Salvador, ciudad con una de las mejores organizaciones vecinales del país, que hoy es un distrito de 400 mil habitantes.

Terco e infatigable luchador por la paz, fue destinado a la Prelatura de Chimbote en 1978, la cual fue elevada a Diócesis en 1983. Ahí sirvió durante 25 años de manera ejemplar contribuyendo a la justicia y a la fraternidad, como nos consta a quienes estamos identificados con ese puerto. Eran años en que la violencia terrorista sembraba el pánico en todo el país. Bambarén luchó contra las balas y el terror de Sendero Luminoso y el MRTA, comprometido con Cristo y con el Perú.

Compartió su mensaje de paz y defensa de la vida con los estudiantes y las organizaciones populares y enfrentó los paros armados con pasacalles y participación comunitaria. Lideró a la población chimbotana en inolvidables jornadas realizadas en el Cerro de la Juventud donde cambió la hoz y el martillo de la banda genocida, por la impresionante Cruz de la Paz, llevada a su actual ubicación por 27 mil jóvenes en 1986.

Especial trascendencia tuvo su participación en la solución de los conflictos sociales en la pesca industrial de 1985 y 1988, cuando como mediador debido a su solvente autoridad moral, permitió resolverlos y trajo paz social al sector. Su casa recibió a autoridades, pescadores, armadores pesqueros, industriales y demás ciudadanos semanalmente en el llamado Tribunal de Honor, donde todos los actores de la pesca discutían temas de mutuo interés, previniendo desavenencias. Como corolario, Sendero ejecutó a 3 de sus sacerdotes, hoy beatos mártires de la Iglesia, y su propia vida estuvo en riesgo por la organización criminal que lanzó bombas en su casa en más de una oportunidad.

Su atención a la niñez, especialmente a los desvalidos; su búsqueda de acuerdos en la sociedad; la apuesta por la vida que lo caracterizó y su vocación de servicio a Cristo a través de los que lloran, a quienes consolaba, fueron su práctica diaria. El Perú le debe mucho.

Posiblemente nunca sepa cuánto. Como insigne jesuita, su trayectoria estuvo tocada por la máxima ignaciana “En todo amar y servir”. Pocas veces nacen hombres a los que hacer el bien a los demás les alegra mucho más que recibirlo y que están dispuestos a darse íntegros a quienes no podrán retribuírselo. Monseñor Luis Bambarén es uno de ellos y hoy debe estar en el cielo.