Ayer, la Fiscal de la Nación -¿acaso porque las pruebas ya no existirían o habrían sido modificadas?- abrió investigación al todavía presidente Pedro Castillo “por presuntos delitos de tráfico de influencia y colusión en las ‘reuniones’ privadas llevadas a cabo en Breña”. Sorprende que la suficientemente sospechosa fiscal Zoraida Ávalos, quien se encuentra de vacaciones, escogiera precisamente este momento para realizar una diligencia que debió ejecutarla hace al menos mes y medio, para evitar que -como se presume- todos los participantes adecuasen su statu quo a lo que legalmente mejor les convenga. Sin embargo, nominalmente al menos, tenemos a otro presidente de la República investigado por corrupción. Porque en este caso “pactar contra terceros”, tal como hizo el Presidente con proveedores estatales que acabaron ganando licitaciones tras visitar el antro de Breña y/o el Despacho Presidencial, es un manifiesto acto de corrupción.

Vale decir, amable lector, la condición de corrompido no significa sino esa permanente incapacidad para gobernar que dicta la Carta. Más claro. Razonablemente, el corrupto está impedido de gobernar. Gallina que come huevo aunque le quemen el pico, reza el aforismo. Una vez corrupto, siempre corrupto. ¿No? Sin embargo, como los peruanos somos tan exquisitos cuestionamos hasta a las matemáticas. Acá, como solía decir un hombre muy inteligente, como Manuel Moreyra, expresidente del Banco Central, “dos más dos no es cuatro. Pudiese ser 3.7 o 4.8”. En consecuencia, como de costumbre, seguimos enfrascados en una monumental estupidez debatiendo sobre qué significa permanente incapacidad para gobernar, cuando la definición más clara es justamente ser corrupto. Porque así como no hay ex imbéciles, tampoco existen los ex corruptos.

Sorprende, además, que la Fiscalía haya sido tanto más diligente que el Parlamento al ganarle la investigación que debió iniciar el poder Legislativo como parte de su función fiscalizadora. Los informes periodísticos sobre las citas furtivas de Pedro Castillo con gente tan desacreditada -como esas garrapatas que aparecen en todas las crónicas que han publicado los medios no sometidos a palacio- eran motivo más que suficiente para que el Congreso investigase a Castillo. ¡Otro ejemplo de esa miseria de oposición que tenemos! Empezando por Acción Popular, Alianza para el Progreso o Podemos. Más que inaudito, resulta sospechosísimo que el primer poder del Estado soslayase semejante indagación, considerando que el Perú ha alcanzado tal clima de crispación social, de enfrentamiento político y de descomposición económica, que va camino a la peor de las crisis, mientras el Congreso se enfrasca en un silencio cómplice rodeado de una estremecedora ineptitud. ¡Incluso para legislar sobre temas primordiales para la nación!

Con toda razón la ciudadanía repudia al Parlamento. Se desprestigia a diario por su terrible parálisis. El origen es el cretinismo que exhibe para ejercer el cargo esa gran mayoría de politicastros que, en abril último, fueron elegidos gracias a una legislación electoral que favorece a la medianía. Y como comprobamos en esta ocasión, respalda a la corrupción. Precisamente aquel cáncer exacerbado por Odebrecht que gatillara la peor depresión socioeconómica, además de política, que nos explotó el año 2016.

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