Muerte de Don Juan

Muerte de Don Juan

Con la experiencia, decía Kierkegaard, se pierde la inquietud y el impaciente deseo, pero se adquiere el suficiente dominio de uno mismo para gozar la hermosa actitud del instante. Quien lea “Diario de un seductor”, el intercambio epistolar entre Johannes y Cordelia, sabrá que el personaje corteja con pasión, pero se detiene frente al compromiso. Su único deseo es conquistar.

Quizás haya algo de patológico en el seductor que suma a su contabilidad. Se acerca, seduce, gana, se siente insatisfecho y va a la búsqueda de la dama ideal. Ninguna tendrá los atributos porque en el fondo-siguiendo a Freud-el Don Juan sufre de un turbador complejo de Edipo que no lo llevará hacia lo que desea encontrar. Gregorio Marañón, sumando rasgos, encuentra una homosexualidad latente en el seductor. Casanova tuvo relaciones homosexuales en Estambul. No hay nada que juzgar, obviamente, pero el seductor muere por enamorarse, aunque rara vez lo hace. Por más que Camus crea en el enamoramiento de Don Juan, la suya es una pulsión de retorno, una frenética búsqueda del útero que dejó al nacer.

El héroe romántico, por su parte, ama. Ama poco o mucho, breve o largo, pero en el desmadre de una breve locura que lo llevará a evaluar finalmente la dimensión de su ridiculez. Preferirá olvidar. Creerá que el amor muere en la carne y, probablemente, la evitará porque preferirá ser un hombre enamorado a uno satisfecho, la satisfacción es la muerte del amor, que es deseo puro, mas deseo espiritual. El seductor tiene todo bajo control, el enamorado no controla la razón, no controla nada. Ambos son antípodas. Mientras que el primero domina el arte de la proximidad y atrae con elegante displicencia, el segundo no cuida sus demostraciones de interés, será un héroe derrotado.

El seductor es un adicto. El héroe platónico es un amador ocasional, pero un hurgador casual de la pieza faltante de ese rompecabezas que no completará. El Quijote idealiza a la Dulcinea y así idealiza el amor. Cuando recupera la razón muere él y, figurativamente, muere ella en su corazón. Es el despertar en la claridad, es desenamorarse, volver a la libertad.

Pocos deben preocuparse. Por lo común el amor es una adaptación, descubrimiento y redescubrimiento, caída, desencanto y transformación; probablemente la historia de un vínculo azaroso, meridianamente feliz o infeliz. Quizás en ese “estarse” sin extremos ni sobresaltos del hombre común resida la auténtica plenitud.