Al tener la noticia de la muerte del terrorista Abimael Guzmán, de inmediato vinieron los recuerdos de los complicados y difíciles momentos que el país y sus pobladores pasamos durante más de 10 años de crímenes, destrucción y el terror de que la muerte violenta llegara a un familiar o amigo cercano.
Sendero inició su ruta violenta para tomar el poder, efectuando la destrucción de las ánforas de votación del pueblo de Chuschi, el año 1980, en que Fernando Belaunde retornaba a su segundo gobierno después de 12 años de autoritarismo militar. La primera reacción del ministro del Interior José María de la Jara fue expresar erróneamente que se trataba de abigeos, este enfoque llevó al gobierno a no tomar acciones represivas oportunas, permitiendo a los terroristas de Abimael avanzar con su plan revolucionario de terror y muerte en Ayacucho.
No es explicable que este grupo sanguinario asesinara prioritariamente a ciudadanos en pobreza, así como a autoridades regionales, militares y policiales, continuando durante los gobiernos de Alan y Fujimori.
Los sanguinarios terroristas, además de asesinar a más de 30 mil peruanos, destruyeron importante infraestructura y dinamitaron torres de energía eléctrica, produciendo el corte del necesario fluido por semanas. Durante esta difícil etapa del terrorismo, las autoridades recurrieron a largos y controlados toques de queda, pero sin poder evitar las muertes de inocentes que producían los coches bomba.
Las fuerzas armadas y la PNP actuaron con eficiencia, sacrificio y valentía apoyados por los diferentes gobiernos, en especial por Fujimori, lo que permitió derrotarlos. La paciente y sacrificada acción de la GEIN, permitió capturar al escurridizo cabecilla terrorista y sanguinario Abimael Guzmán en septiembre de 1992, con esta captura los apéndices de esta terrible época de masacres fueron apresados, iniciándose la paz, la recuperación del país y nuestra reactivación económica.
Como presidente de Foncodes, institución dedicada a apoyar con pequeñas obras a más del 65% de la población sumergida en la pobreza debido al terrorismo, pude apreciar lo difícil de su situación, lo complicado de recuperarse y salir de esta lamentable herencia que dejan “los movimientos alejados de la democracia”, como son el terrorismo y el comunismo.
Abimael Guzmán, el genocida que más muertes y pobreza ha causado a los peruanos, murió a los 85 años de edad, cumpliendo su condena perpetua en una celda de la Base Naval del Callao.
El presidente Castillo, a pesar de la importancia que representa la muerte de este terrorista, no tomó el liderazgo y responsabilidad política que le correspondía asumir con respecto a qué hacer con los restos del terrorista Abimael, amparándose en que el Ministerio Público era el responsable. Meritoriamente la ex fiscal de Nación y hoy congresista Gladys Echaíz, logró la aprobación de una ley que resolvió que la Fiscalía lo incinerara y que el Minjus se encargue de la dispersión de sus cenizas.
Finalmente, sin tener confirmación alguna, asumo que la ejecución de la indicada ley ya fue cumplida en su totalidad y eficientemente, de esta manera evitaremos el rebrote y apología al nefasto terrorismo.

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