No, señor Óscar Maúrtua de Romaña. ¡Así no se hace! Apelo a usted en su categoría de Embajador, hombre de larga data en Torre Tagle a quien conozco y aprecio. ¡O tal vez apreciaba!

Porque, salvo que enmiende inmediatamente, dejaría de ser digno de su carrera diplomática y trayectoria personal por guardarle las espaldas a un régimen comunista, con el cual estoy convencido no comulgan sus entrañas. Tampoco su raíz familiar.

Ya el hecho de haberle aceptado el encargo de Canciller de la República a un presidente marxista-senderista, produjo harto desagrado, desilusión y frustración.

No obstante, al prestarse a designar Embajador del Perú a un atrabiliario perseguido por la Justicia, sin el menor pergamino diplomático y regodeado de un prontuario propio de hampones, puso en ridículo al Perú presentándoselo como representante diplomático a un país respetable como la hermana República de Panamá.

Evidentemente, manchó el prestigio del Perú. Al extremo que, en lenguaje diplomático, Panamá rechazó su malhadada decisión, revelando que no existirían límites para satisfacer sus afanes de figuración. ¡O algún otro apetito distante del talante que debiesen guardar quienes han ejercido correctamente una carrera dentro del servicio diplomático! Y, encima, reincidió usted, nombrando al impresentable esta vez como embajador en Venezuela.

Canciller Maúrtua, usted conoce aquellos rumores y opiniones que circulan sobre su actuación en este entuerto. De modo que siendo un caballero, presumo debe ser la persona más interesada en limpiar pronto su bien ganado prestigio dentro de nuestra cancillería.

Si hasta acá su conducta resulta abrumadoramente desconcertante, señor Maúrtua, el pedido que ha formulado al Legislativo para que la comisión de Relaciones Exteriores lo convoque a una sesión “reservada” –vale decir, secreta- para tratar este asunto que ofende aún más la ya muy maltratada imagen de nuestro país, lo pone a usted como un discutible servidor público.

Porque si realmente pretendiera limpiar su nombre y foja de servicios al Perú, del desliz que cometiera al nombrar embajador a un imputado por corrupción en agravio del Estado peruano entiende que aquello no debe ser tratado en secreto.

Su obligación, como hombre de carrera pública al servicio del Estado, es que sus alegatos los conozca a fondo la opinión pública, para que saque conclusiones con toda libertad. De ninguna manera permitiendo que al país se le esconda la verdad de los hechos, o que se le nutra de trascendidos sembrados por este gobernante que lo obligó -¿acaso fue así?- a designar a un hampón como embajador de la Patria.

De no retirar usted la condición “secreta” que le ha impuesto a su pedido al Congreso para que convoque a la comisión de RREE -con el propósito de aclarar lo que hasta ahora es un disparate suyo, señor Maúrtua- entonces, dadas las graves circunstancias que golpean al país, el presidente de la comisión de RREE, legislador Ernesto Bustamante, debe citarlo inmediatamente a una sesión pública, abierta al periodismo, para que por boca del propio Canciller del Perú nos enteremos de los antecedentes de esta deshonra perpetrada desde palacio de gobierno.

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