El comportamiento de los políticos en nuestro país es de antología porque lo que no es válido para sus rivales, por arte de birlibirloque, es legítimo para ellos y con gran cinismo cívico se encaraman en el poder sobre bases de constitucionalidad que le negaron al otro.

Ahora no cabe ninguna duda que la actuación del Congreso para vacar a Vizcarra por los intolerables actos que todos conocemos, jamás constituyó un golpe de Estado porque era una potestad constitucional que los congresistas aplicaron para sacar de la cúspide del poder a una persona moralmente desmoronada que no podía seguir encarnando la moral pública de la Nación.

El Tribunal Constitucional, por mayoría, se abstuvo de pronunciarse en el proceso competencial abierto para definir el concepto de “incapacidad moral permanente”, porque la moral no puede establecerse ni interpretarse por decreto ni por el parecer de siete personas.

Sin embargo, la frase “golpe de Estado”, impulsada por todos los aliados políticos de Vizcarra, con una envidiable capacidad de agitación social apoyada por el martilleo diario de muchos medios de comunicación masiva pertenecientes a oligopolios económicos comprometidos en un sinnúmero de investigaciones penales por corrupción y una febril actividad en las redes sociales, logró su cometido provocando la caída del señor Merino facilitada por él mismo al aislarse de la población, no comunicar nada y elegir a un gabinete muy frágil.

Con la caída de Merino y la renuncia de la mesa directiva del Congreso, éste tenía que elegir una nueva de la cual emergerían los titulares de la presidencia de la República y de la presidencia del Congreso.

Hubo un bombardeo mediático sobre una supuesta autoridad moral atribuida a los que no votaron por la vacancia de Vizcarra, es decir, a una minoría congresal constituida por el partido morado cuyo líder se lució como agitador callejero, así como a una izquierda radical que jamás hubiera llegado al poder en circunstancias normales.

Con un incomprensible sentimiento de culpa, el Congreso eligió al señor Sagasti del partido morado como su presidente y a una señora de la izquierda como vicepresidenta a quienes ya nadie llama golpistas y tampoco hay alguien que añore a Vizcarra. Para ellos vale todo.

No olvidemos que cuando caviares e izquierda radical llegan al poder, es difícil que lo dejen porque tienen la vía libre para sus objetivos ideológicos: el nuevo objetivo es una asamblea constituyente.