Cuando era niño esperaba la noche del 24 para agradecerles a mis padres por su bondad, observaba el árbol o el nacimiento y era como si la felicidad llegara en la sonrisa de mis hermanos que, como yo, los abrazaban con fuerza. Este año fue la undécima navidad sin papá, por eso fui a buscarlo en los ojos de mi madre que generosa me pidió que vaya para abrazarla. No puedo evitar sentir tristeza durante estos días, cuando era niño sentía la navidad en los ojos de mi padre. Mamá se esmeraba para que las luces alumbraran no sólo nuestra sala, para que los regalos estén completos alrededor del árbol y se acercaba al nacimiento mirando al menor de nosotros, advirtiéndole que sería él quien colocaría al niño en el pesebre. No hubo Navidad que en casa no se celebrara.

A las once de la noche, los cinco abríamos los regalos y, a las doce, mi padre o mi madre hacían la oración antes de la cena. Yo observaba con asombro ese rito. No entendía nada, no me explicaba por qué teníamos que esperar diciembre para que en el resto de las casas se intentara una felicidad como quien cancela una deuda a plazos, una deuda con la alegría que alguien, macabramente, cobraba cada 25 de diciembre. Aún ahora, cuando observo las calles, siento ganas de patear a los dueños de las tiendas comerciales, a esta sociedad de consumo donde nos desplazamos inconscientes y lucho a diario por ser alguien útil no sólo en diciembre, pero regreso a cuando era niño y vuelvo a ver los gestos de mi madre esmerándose para alegrar a mi papá y sé que no puedo ser un aguafiestas, imagino mi mano sobre la cabeza de mi ahijado y trato de sonreír como lo hacía mi padre, lo imagino acercándolo al árbol, lo imagino señalándole el nacimiento como quien le advierte que debe estar preparado porque será él quien colocará el niño al centro y cierro los ojos.

Pienso en la mortalidad de este año e imagino que me crecen los brazos para abrazar a mi madre, porque hoy estaremos distanciados físicamente, yo afuera en la vereda y ella en su ventana mirándome, porque no quiero exponerla, porque aunque quiera saltar y abrigarme en su regazo, debo mantener la distancia para seguir observando en sus ojos la alegría de papá quien, desde algún lugar del universo, aparece y nos toca a ambos, se transfigura y nos dice que a las doce nos corresponde colocar al niño en otro pesebre y yo no entiendo nada hasta que señala mi pecho y recién comprendo que nunca hubo árbol, ni luces, ni nacimiento, solo este corazón, como un viejo pesebre, esperando al niño con quien nos deslumbramos.