Hace 8 años, el mundo se vistió de luto cuando Nelson Mandela “el padre de la nueva Sudáfrica” falleció luego de una prolongada enfermedad. Y aunque su vida tuvo momentos polémicos y censurables, el veredicto de la historia hacia su persona es sin lugar a dudas positivo.

Basta solo recordar como las valientes decisiones de este gran patriota africano, junto al clérigo Desmond Tutu y Frederick de Klerk (último representante del apartheid) trajeron una “reconciliación” entre blancos y negros sudafricanos, evitando una guerra civil que hubiera provocado en Sudáfrica, tragedias y atrocidades dignas del Congo Belga, ese “gigante de pies de barro”, que por más de 50 años ha sido víctima de la rapiña occidental y los interminables conflictos tribales. “Madiba” (apelativo tribal de Mandela) fue un ejemplo de lucha ante la injusticia de un sistema que denigraba, excluía y humillaba a una población, solo por el hecho de tener un color de piel diferente.

Para el apartheid, el hombre negro era física e intelectualmente un ser inferior, al cual había que mantener controlado, negándole o restringiéndole sus principales derechos. Los nativos sudafricanos que vivieron en carne propia esos terribles, aunque no tan lejanos tiempos, dan testimonio de lo común que era ver transportes públicos, playas, hospitales y escuelas segregados. Además, se prohibía el matrimonio interracial para evitar la “corrupción de la raza”.

Por otra parte, los afro-sudafricanos tenían una limitada, cuando no inexistente participación en la política de su país, esto impedía que pudieran hacer valer sus derechos y cambiar por la vía pacífica el sistema imperante. Como colofón a esta infame situación, Mandela y su pueblo padecían precarias condiciones de vida, ya que el gobierno afrikáner, destinaba la mayoría de sus recursos al cuidado de su población, postergando al resto del país. Este viciado ambiente, forzaría a muchos a elegir la lucha armada como medio de cambio. “Madiba” involucrado tempranamente en la lucha contra el opresor, sería también uno de los primeros en ser capturados a principios de los años 60. Le esperaban 27 años de reclusión en diferentes instalaciones del país, incluida “Robben Island”, símbolo de injusticia y abuso en el pasado, referente de libertad e intransigencia ante el mal en el presente.

La vida entre rejas está hecha para “doblar” el carácter del prisionero, buscando que este olvide sus metas y objetivos volviéndose dócil ante el opresor. Para Mandela, los primeros años de encierro fueron los más difíciles, no obstante entendió que luchaba contra dos enemigos igualmente peligrosos: el sistema que lo había encarcelado y la posibilidad que el odio y la venganza le impidieran construir la “nación del arcoíris”. (1)

Estos últimos sentimientos serían los más cómodos de aplicar y muchos le hubieran seguido en la vorágine de sangre y muerte que hubiera provocado, pero como él mismo reconoció: “Destruir es muy fácil, los héroes son los que construyen y trabajan por la paz”. Siempre estuvo convencido de que “los verdaderos líderes son los que sacrifican todo por el bienestar de sus gobernados”. Asimismo, tuvo la suficiente sensatez de entender que el mundo estaba cambiando y los ideales comunistas que tanto lo sedujeron en su juventud ya no eran aplicables en ese momento (la caída el muro de Berlín y la Unión Soviética ocurrieron en los tiempos cuando fue liberado de la cárcel) y llevarlos a cabo solo hubieran traído más sufrimiento, división y dolor.

Y a pesar de que hubo críticas muy fuertes en casa y en el exterior por la “suavidad” que mostró con muchos de los dirigentes del antiguo régimen racista, su tardío accionar en la lucha contra el sida y su condescendiente trato a varios tiranos mundiales tales como: Gadaffi y Fidel Castro (quien había ayudado mucho a su organización en la lucha contra el racismo) nadie puede negar que eligió la mejor estrategia para evitar la destrucción de su tierra. Su vida, las penurias que soportó en cautiverio y la forma como estas afectaron su carácter nos muestran a todos que “el mal solo triunfa, cuando los hombres de bien no hacen nada”.

(1) Se conoce a Sudáfrica como la “nación del arcoíris” por su mezcla de pueblos y culturas.

José Rafael Cernicharo Bustelo