Netanyahu y el escenario por la negación del Estado de Palestina

Netanyahu y el escenario por la negación del Estado de Palestina

El problema israelo-palestino sigue muy complicado. Ahora, mientras son muchos más los países del mundo –las Naciones Unidas está integrada por 193 Estados–, que coinciden en la necesidad de la creación del Estado de Palestina, incluido los Estados Unidos de América, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, se opone frontalmente hasta decir que “perjudicaría la seguridad de Israel”. Netanyahu parece haberlo dicho en la idea de que, hallándose Israel rodeado de muchos países árabes, éstos quieran verlo desaparecer del mapa con lo cual un Estado más, el palestino, convertiría a los israelíes en mucho más vulnerables, mirando su futuro, a la luz de la masacre del pasado 7 de octubre, cuando 1,200 de sus habitantes fueron eliminados por miembros del grupo extremista Hamás, que cruzó la frontera de la ciudad palestina de Gaza. Es verdad que, como en otras partes del globo, en Medio Oriente hay posiciones recalcitrantes, pero no lo es que sea de los pueblos, sino, en cambio, de los gobernantes, los que suelen tener posturas antagónicas y llenas de animadversión hacia Israel como la tiene el propio Netanyahu respecto de los violentados árabes de Gaza, asesinados en forma inmisericorde, aunque como ya he explicado antes, no por el deseo de consumar un genocidio, sino por la desesperación del político israelí de acabar a cualquier precio con el Hamás que aun controla en la Franja de Gaza, pues de este objetivo depende prácticamente todo su futuro político. Para diferenciar pueblos de gobernantes, pongamos solo un ejemplo.

El régimen teocrático de Irán, desde que se produjera la revolución en 1979, que llevó al poder al ayatola Jomeini, no se ha esforzado en ocultar su animadversión hacia Israel, llegando a sostener su referida extinción como Estado; sin embargo, así no pensaba Mohamed Reza Pahlevi, que fue el último Sha de Irán. Cuando Israel decide como política de Estado armarse hasta los dientes, y contar con uno de los ejércitos más poderosos del mundo, es porque sentía la amenaza de los gobernantes de los países árabes que alimentaron el mismo tamaño de odio que sectores intolerantes de Israel tampoco ocultan hacia los palestinos y en general, hacia el mundo árabe. No es verdad que los judíos no puedan convivir con los árabes. Los egipcios y los jordanos, que, al lado de los palestinos, declararon la guerra a Israel, en 1948, una vez que David Ben Gurion, declaró la independencia de Israel, el 14 de mayo de 1948, y que, además, fueron sorprendidos por Israel por la Guerra de los Seis Días de 1967, después, con otros gobernantes, firmaron la paz con Israel, y han mantenido una relación de normalidad, poco o nada creída en esa época.

La negación de Netanyahu a la creación del Estado de Palestina es inconsistente con el extraordinario avance diplomático al que llegó Israel con varios países árabes últimamente, en lo que se ha denominado los Acuerdos de Abraham, y el camino hacia la normalización de las relaciones entre Israel y los países árabes. Creo que Netanyahu ha externalizado una posición política poco o nada pertinente en estos momentos de la guerra. Ha querido transmitir la decisión y la fuerza de Israel, pero en el fondo no sumará para la paz que el mundo está esperando en esa región. Siempre dije que para alcanzar la paz entre Israel y Palestina se requiere de interlocutores válidos, es decir, que sean mutuamente aceptados por las partes. Lamentablemente, Netanyahu no lo es. Tampoco lo que hay en Palestina mientras el gobierno de Ramala de Abu Mazen no tenga el control político de Gaza aun en manos del Hamás. Cuando los actores políticos cambien, la paz entre judíos y árabes comenzará a mostrar sus primeros destellos. Por ahora, con los que se cuenta, todo es penumbra y en camino a la oscuridad.