La mediación de De Soto en el paro a pedido de los transportistas ha obligado al gobierno a rebajar los precios de los combustibles mucho más de lo que venía regateando. Y ha puesto en evidencia al oligopio público-privado escondido tras el alza brutal de los últimos tres años.

Es masiva la deuda que el Estado ha generado con todos los peruanos que pagan su pasaje a diario y con los que les prestan el servicio.

Lo que ha conseguido De Soto es algo tan revolucionario que sus adversarios ni siquiera se dan cuenta aún de lo que significa, u optan por una fingida indiferencia. Es simple: desde el punto de vista del pueblo, mientras los demás están insultándose entre sí o vociferando sobre lo que harán si llegan al gobierno, De Soto está gobernando.

Ante la inoperancia del Estado, De Soto ha solucionado el paro y lo ha hecho pácificamente mostrando al pueblo cómo se resuelve un conflicto en 24 horas en su extremo más urgente, y explicando al mismo tiempo en qué consiste el problema detrás -el oligopolio de la empresa estatal sobre los combustibles- y cómo derrotarlo en adelante.

El pueblo lo sabe, porque su pasaje será más barato. Los transportistas lo saben, porque sus costos ya son más bajos de inmediato.

A estas alturas, sin embargo, el díscolo sector A/B, al que como a la gata Flora nada le gusta y nada le acomoda, y donde las afinidades políticas duran menos que la moda veraniega, son cada vez más los que admiten -luego de escanear a los candidatos, cada uno en su cuarto de hora- que en el momento difícil es De Soto el que puede estabilizar la democracia y gobernar el Perú.

No obstante, no pocos se recalientan el cerebro dando media vuelta de tuerca más de lo necesario por miedo al “voto perdido” o especulan frívolamente sobre cuál de los candidatos será el “mal menor”.

Es una trampa. En la última recta, el resultado es una profecía que se realiza a sí misma. Si los electores son inducidos a creer que no queda otro remedio que el “mal menor”, esa será su realidad.

Pero igualmente podrían, a la inversa, dejar de especular sobre el voto perdido y el mal menor, y apostar por lo que sienten y en el fondo saben que es mejor sin cálculos ulteriores ni segundas adivinanzas.