Si Oskar Kokoschka, según Elías Canetti, no se presentaba al examen de ingreso a la Academia de Bellas Artes en Viena, Adolph Hitler no hubiera llegado al poder. Kokoschka se solía lamentar por no haber cedido su lugar a Hitler en aquel examen que hubiera definido de antemano el destino del mundo, se sumergió en un mundo de culpa y “tormento”. Hitler no ingresó a la Escuela por puntos en la figura humana. Hubiera sido un artista y la paz hubiera sido el destino de los años 30 y 40.

Siempre culpamos al pasado por el futuro que luego vivimos. En política este cálculo es una herramienta de juego, pero también de aprendizaje. Por ejemplo, la pérdida de oportunidades aparta a los jóvenes del buen camino. Si aplicamos la fórmula al Perú, sin el golpe de Velasco en 1968, Haya la Torre hubiera ganado la Presidencia a fines de esa década y probablemente el destino del Apra y el de Alan García sería distintos. Hubieran sido otros los presidentes de los 80 y 90. Un solo hecho define muchos eventos consecutivos como una carambola.
¿Y si Vargas Llosa ganaba en 1990? No sabríamos de Keiko Fujimori y el espectro político hubiera sido otro, otra hubiera sido la presencia del PPC y otros. Sin Alberto Fujimori no hubiera habido Alejandro Toledo. Y más cerca, si en las elecciones pasadas Keiko Fujimori no participaba y Hernando de Soto no se hubiera animado, Rafael López Aliaga sería presidente y el fantasma del comunismo no se hubiera encaramado en el Perú. Sin la ley que impedía a los sentenciados a postular, Pedro Castillo sería un candidato fallido al Congreso por Perú Libre y Vladimir Cerrón no hubiera superado a los otros. Ya en 2016 se retiró cuando las encuestas lo sepultaban.

A veces una decisión, la concepción de una ley o un incidente determinan todo lo que ha de venir como si un estornudo causara un alud en un gigantesco nevado. Entender que el azar en la Historia no existe es clave para asumir las probabilidades de los escenarios y evitarlos. Sirve para no repetir los errores. Si la fragmentación de la derecha favoreció a la izquierda, doy un paso al lado o me alío en una siguiente elección, para permitir el paso de quien más posibilidades tiene. El contrafáctico no es juego, a tenor de la Historia, es una herramienta esencial para tomar decisiones.

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