Hace tres mil años, Atenas desarrolló la singular experiencia de tomar decisiones políticas en asamblea de ciudadanos; así, la responsabilidad por ellas era asumida por toda la comunidad política. Pronto aprendieron el valor del discurso, del argumento elaborado, pero también el daño que hace el demagogo, el personaje vil que uniendo verdades con mentiras logra seducir a la asamblea, acumulando votos en favor de propuestas que le servirán para acumular poder, pero al costo del debilitamiento económico de la ciudad, cuando no, de la destrucción de sus valores. Eclipsado el faro cultural griego, la experiencia resurge en plena Edad Media, cuando en 1188 son llamados a las Cortes Generales del Reino de León los representantes de los burgos, quienes deben ser elegidos por los residentes propietarios. Por la complejidad de la comunidad, los intermediarios son necesarios para que las tendencias e intereses de sus electores puedan prevalecer al momento de aprobarse las leyes.

En abril elegiremos a quien deberá liderar el gobierno de nuestra comunidad política y, al mismo tiempo, a los intermediarios que conformarán la asamblea de representantes de las diferentes tendencias e intereses que existen en nuestra sociedad. La teoría dice que votamos por el candidato a presidente y por los aspirantes al Congreso que nos hacen suponer cierta capacidad para lograr que las decisiones del Estado concreten nuestras creencias ideológicas y necesidades más importantes, o al menos las respeten y consideren, si son minoritarias. Por eso, las comunidades más desarrolladas, con varios siglos de experiencia en lides democráticas, suelen preferir votar por partidos que defienden doctrinas, pues en las elecciones se pone en juego el destino de las naciones, no solo la vanidad de las personas.

Según las encuestas, solo disponemos de Verónika Mendoza que promueve el cambio de sistema, en procura del modelo chavista; de Yonhy Lescano que asoma como el demagogo izquierdista capaz de tomar decisiones sobrepasando los límites de la prudencia; de George Forsyth y su juventud desprovista de conocimiento y experiencia haciendo necesario, si vence, designarle un premier regente; de Hernando De Soto cuyo evidente brillo no se transforma en propuesta comprensible fuera de la corte académica; de Keiko Fujimori que al difuminar la identidad de su marca puede haber perdido la intensidad del mensaje; y de Rafael López Aliaga que encarna la resistencia al socialismo pero cuya aspereza asusta a los moderados. Siendo imperfectos, nuestro voto deberá responder a nuestras creencias y necesidades. No se trata de a quién elegir, sino por qué ideas votar.