Vizcarra ha proyectado una despreciable conducta anética ocultando que se vacunó contra la covid-19 en octubre del 2020. Más allá de las implicancias penales que deberá confrontar, esa torva actuación ha puesto al descubierto su mitomanía, cinismo y desprecio a los más elementales principios morales que deben guiar la conducta cívica de un gobernante.
Lo ocurrido, sin embargo, no ha sido una sorpresa.

Hoy se conoce que organizó la caída del presidente Kuczynski, contactando soterradamente con líderes políticos de diversas agrupaciones para que lo apoyen cuando se produjera la vacancia.

Es decir, no lo hizo para abogar por quien lo había distinguido incorporándolo a su fórmula como primer vicepresidente y después designándolo ministro de Transportes y embajador en Canadá. No. Lo hizo para destruirlo, acelerando su proceso de destitución para ocupar la jefatura del Estado.

En ese contexto, las diversas bancadas lo respaldaron sin compromiso, de buena fe, delegando inclusive funciones al Poder Ejecutivo. Poco después, para ganar popularidad, no tuvo el menor reparo en atacar con ferocidad al debilitado Congreso que lo encumbró, para más adelante disolverlo inconstitucionalmente.

En su amplio prontuario de mitomanías también negó haberse reunido con Keiko Fujimori a su retorno al Perú, pero la lideresa de Fuerza Popular lo desautorizó afirmando que se vieron en dos oportunidades. Igualmente sostuvo no conocer a Antonio Camayo, involucrado en un caso penal, hasta que el diario Correo publicó una foto de ambos abrazados en un hotel de Lima. Vizcarra, desde luego, con asombroso cinismo, respondió indignado que se trataba de una imagen trucada, pero el citado medio de prensa presentó un examen pericial del Ministerio Público confirmando que la fotografía era verdadera. Más adelante los legisladores Becerril, Vega, Wong y un colaborador eficaz revelaron que Vizcarra sí se había reunido con el empresario hasta en cuatro oportunidades, inclusive en el domicilio de este.

En esta patética y siniestra trayectoria es imposible olvidar que negó su relación amical con el artista Richard Swing, coordinando son las secretarias del despacho presidencial una versión falsa ante la fiscalía para ocultar las visitas de su amigo a su oficina: en el camino, extrañamente borraron numerosas evidencias registradas por las cámaras de seguridad y veinte y siete mil correos electrónicos.

Destituido por incapacidad moral por el Congreso que convocó, ahora postula gracias a una granjería del Jurado Nacional de Elecciones, que ha pasado por alto, sospechosamente, que no declaró numerosas propiedades y no se retiró seis meses antes del proceso electoral.

Personaje recovequero y audaz todavía debe responder a graves denuncias sobre supuestas coimas recibidas como gobernador de Moquegua y sobre las vinculaciones de su empresa constructora con la corrupta Odebrecht.
Su legado quedará registrado en dos cifras pavorosas: que nuestro PBI tuvo el retroceso más alto del hemisferio (-13% ), con dos o tres millones de desempleados y la más alta tasa de muertos por covid-19 en el mundo, por millón de habitantes.

Ahora que no contamos con camas UCI, con balones de oxígeno, cuando centenares de personas se mueren en las puertas de los hospitales, no olvidaremos que Vizcarra maniobró entre sombras para inocularse el antídoto contra la covid-19. Por su siniestra actuación política, el talentoso escritor Carlos Paredes debería cambiar el nombre del libro que anuncia sobre Vizcarra: no tiene nivel para llamarlo lagarto, sino lagartija; o, mejor aún, sanguijuela.