Si hubiera una revisión sosegada de las dos campañas electorales generales precedentes a la actual, en las cuales también participó Keiko Fujimori llegando a la segunda vuelta, muchos hallarían un factor común que hizo quemar el pan del triunfo a la candidata de Fuerza Popular en la puerta del horno: la actuación polémica (grado mínimo) o deplorable (grado máximo) de una tercera persona ligada a su entorno.

Me refiero al verbo o conducta de estas personas cuyos alcances, ciertamente, fueron magnificados por los rivales del fujimorismo como si se tratara de un desafío de supervivencia. El 2011, por ejemplo, el ex ministro de Educación Jorge Trelles dijo en una entrevista concedida a Beto Ortiz: “en todo caso, nosotros matamos menos”, ante una acotación de su interlocutor sobre el número de fallecidos por violación a los derechos humanos durante el periodo 1980-2000 (que abarca las gestiones de Fernando Belaunde, Alan García y Alberto Fujimori).

La frase poco feliz pero referida a una estadística real, fue convertida en un nuevo propósito genocida del posible gobierno de Keiko. Y el 2016, las cuitas de Joaquín Ramírez (reputado como su principal asistente económico) llevadas hasta la frontera del lavado de activos del narcotráfico (imputación esta última jamás probada) y el enredo de José Chlimper – candidato vice presidencial y jefe de campaña – en el affaire de la administración de un audio manipulado que desmentía lo anterior, hicieron sucumbir las pretensiones de Fujimori Higushi en la víspera de la elección.

Claro que en cada caso hubo más factores relevantes, incluyendo el buen ejercicio de Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski de sus ventajas comparativas frente a Keiko. Muy absurdo creer que la fragilidad de ciertos candidatos solo se da por errores propios. Sin embargo, es absolutamente claro que Fujimori Higushi daba lo mejor de sí para acercarse al teflón electoral, hasta que un compañero de ruta la perjudicaba.

En esta tercera tentativa de llegar a palacio, Keiko debe saber marcar distancia de los cirineos que aparentan ayudarla a cargar la cruz. El consejo es igual para Pedro Castillo. Ambos padecen los impactos del ayayerismo redentor que aseguran estar socorriendo sus postulaciones.

Ella ha hecho bien desmintiendo como arte propio el contenido de los paneles que invaden Lima y otras localidades con mensajes anticomunistas o patriotas. Mensajes que – aunque se invoque la mejor de las voluntades cívicas – no se alinean a la estrategia de campaña de FP en la forma de decirlo. Pero en los predios de Perú Libre, los tuits del corrupto sentenciado Vladimir Cerrón (llamando a predominios programáticos) no son rechazados por Castillo con similar entusiasmo.

“No me defiendas, compadre”, debería ser la frase clara y oportuna de Keiko y Pedro, ante la avalancha de predicadores oficiosos. Es una fe que los puede terminar aniquilando.