La prédica comunista es mendaz. ¡Es el engaño por sobre todo lo cierto! Y lo cierto es únicamente lo posible. Consecuentemente, la izquierda sabe que es imposible que un Estado mísero –como los comunistas– atienda las promesas que ofrece al poblador.

El comunista es consciente de que al pueblo nadie lo engaña. Sabe que lo que le ofrece es humo. Pero una manera ladina de trampearlo es ilusionándolo con que una nueva Constitución solucionará su vida. Para lograrlo, el comunismo propone una asamblea constituyente impuesta en forma fraudulenta.

El régimen comunista de Castillo está obsesionado por hacerlo, promocionándola como la varita mágica que resolverá todos los males nacionales. Con ella, dice el comunismo, el pueblo recibirá los servicios fundamentales que harán mejorar su calidad de vida.

Pero esta panacea exige una enorme y permanente contribución presupuestal. Y esto sólo lo permite una economía no sólo dinámica sino basada en cimientos estables y sin cortapisas totalitarias, como ocurre en la minería.

Asimismo demanda fuentes que le garanticen ingresos tributarios directos e indirectos provenientes de un potente sector productivo. Pero amable lector, en los países comunistas –lo vemos retratado en Bolivia, Cuba y/o Venezuela– los Estados son paupérrimos porque sus economías se basan en falsas expectativas de criterio social, antes que en fundamentos reales. Por ello la gente de Venezuela, Cuba y Bolivia es bastante más paupérrima, atrasada, insatisfecha, etc. que la peruana.

Pero las izquierdas insisten en presentarlas como naciones idílicas, adonde prevalece la felicidad porque los gobernantes proveen gratuitamente al pueblo de toda suerte de derechos económicos, sociales, etc. Incluyendo Educación, Sanidad, Aliementación, Trabajo, Seguridad Ciudadana, etc. Lo que es absolutamente falso.

Concretamente, los pueblos digitados por regímenes comunistas no reciben los derechos que mandan sus constituciones por dos razones. La primera, porque los gobernantes comunistas jamás privilegian el crecimiento económico como principio para financiar el costo que acarrean esos derechos sociales.

Para el comunista, antes que satisfacer los servicios que espera el pueblo está la urgencia para financiar sus sistemas opacos de control político de la sociedad, característicos en estos regímenes. Todo gobierno comunista vive del dinero que extrae del ciudadano. Y lo primero que hace con esos recursos es cubrir las exigencias de quienes Integran sus cúpulas de poder.

En consecuencia, sostener semejante dominio político se lleva buena parte de los tributos que abona el pueblo. Esto enerva la iniciativa personal –el emprendimiento individual y societario, ejercido en libertad, como prohíbe el comunismo– base de toda productividad. Productividad que justamente genera los tributos que financian los presupuestos que permiten al Estado brindar los servicios que ordena su Constitución.

El comunismo primero usa los impuestos para mantener su apparatchik político/policial de control ciudadano como arma de gestión de gobierno y, en segundo lugar lo usa para llenarle el bolsillo a sus cúpulas de poder que, a diferencia de Juan Pueblo, gozan de un colosal estándar de vida. Vale decir el Estado comunista jamás opera en provecho del pueblo sino de sí mismo.

No necesitamos una nueva Constitución. Sólo gobernantes sabios e incorruptibles.

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