Arreciaba la frígida mañana de julio, cuando aún permanecía en mi cuarto escapando del frío y de esos invisibles corsarios de la muerte. De pronto oí el sonido dolido del timbre, la insistencia del llamado era preocupante. Por la ventana divisé a una persona que pintaba los 40 años, abrigada apenas con una casaca oscura haciendo más lúgubre la mañana. Me saludó con amabilidad. Por sus primeras expresiones supuse que se trataba de alguien del ande. “Señor, me han dicho que usted puede ayudarme, por favor, ayúdeme”, repetía con su desesperado llamado. Supuse que venía por “una colaboración”. “Présteme un libro para que lea mi hijo, no tengo nada para que pueda leer”.

Gratamente sorprendido, conversé con gusto con ella. Minutos después le entregué una bolsa llena de libros para su niño. Imaginé, inmediatamente, al mismo niño de mi infancia buscando a mamá, quien hacía todo lo posible para leerme un cuento. Es que un libro es alimento puro, es una lucha constante que se gana siempre, porque “Un libro hermoso es una victoria ganada en todos los campos de batalla del pensamiento humano”.

Semanas después, la sorpresa fue mayor al verla nuevamente a la mujer desconocida, con la misma casaca ajada, parada en mi puerta trayéndome de vuelta los libros. Para ella y para la gente de bien los préstamos se honran, en ese momento te das cuenta de que no todo está perdido. Con alegría, le entregué otros libros más, aclarándole que se quedara con ellos, porque sé que “El regalo de un libro, además de obsequio, es un delicado elogio”.

En estos días de confinamiento muy pocos dedicaron su tiempo a leer y otros no tenían nada para leer porque nos preparan para no leer. Estamos cansados de que mañana, tarde y noche nos sometan a digerir la basura enlatada, con la que los dueños de todo buscan entretenernos para que este país, este mundo, sea de zombis y no de seres humanos. Los golpes que nos asesta esta pandemia, son garrotes con los que nos van deformando quienes quieren vernos sumisos e indefensos siempre. Es hora de cambiar todo esto e ir en busca de nuevos horizontes porque el que tenemos está lleno de nada y encontremos a ese niño que busca desesperado un libro, quizás sea el pan que en verdad nos alimente para crecer robustos y sanos y no quedarnos como los enanos que quieren que seamos.