No vivimos un momento electoral

No vivimos un momento electoral

¿Acaso el Perú está preparado para celebrar elecciones de aquí a uno -ni dos ni tres- años, tiempo en que el país seguirá sociopolíticamente convulsionado; el Gobierno evidentemente impotente para ejercer la potestad constitucional de controlar la integridad del territorio nacional: diversas regiones seguirán como hace tres meses en franca rebeldía contra el Estado; la violencia será el común denominador en gran parte del territorio patrio; el Congreso seguirá incapaz de siquiera esbozar -menos debatir y aprobar- un proyecto mínimo de reformas políticas y constitucionales para establecer un marco legal acorde con los tiempos, que evite la repetición de experiencias como las recientemente vividas?

Coyunturas donde la inestabilidad sociopolítica es tan seria, que el equilibrio y la consistencia de dos fundamentales poderes del Estado -como el Legislativo y Ejecutivo- carecen de suficiente estructura y fortaleza, tanto legal como constitucional para resistir el embate de unos desestabilizadores movimientos políticos, carentes no sólo de representatividad popular sino de legitimidad. No debemos ser tan irresponsables de pasar por alto otra realidad muy grave, como el hecho que en apenas seis años y meses -entre julio 2016 y la fecha- el Perú ha sido constitucionalmente dirigido por seis de cinco presidentes cuestionados, y por dos congresos.

Esto, que sonaría a broma en países con solera democrática y consistentes estados de derecho, acá pretendemos dejarlo pasar desapercibido, apenas como una anécdota, confirmando la temeridad e irresponsabilidad de nuestra mal llamada clase política, lindante más bien al hampa en una de sus peores expresiones. En este país, amable lector, pretendemos desconocer otro hecho gravísimo, que revela la inmadurez y, por qué no decirlo, la estupidez de la inmensa mayoría de connacionales. Como haber soportado dos golpes de Estado en pleno tercer milenio de la historia, y doscientos dos años como república.

Es más, muchos son tan inconscientes que ya olvidaron que el 29 de setiembre de 2019, el miserable Martín Vizcarra dio un golpe de Estado, argumentando que el Congreso rechazó, “de manera fáctica”, una inexistente segunda negativa de confianza solicitada por su gobierno. Significa que en el último quinquenio no solo hemos tenido seis distintos presidentes de la República, constitucionalmente investidos; sino, además, dos golpes de Estado de por medio. El primero, disimulado por “cortesía” de la llamada gran prensa (República, Comercio, RPP, canales 2,4,5,8,9), que veneraba a Vizcarra porque la rebosó de financiamiento estatal, al extremo del escándalo; y el segundo, por obra del golpista/corrupto Pedro Castillo.

Con semejantes antecedentes, no podemos ni debemos atrevernos a pronunciar la palabra elecciones. Menos aún si hablamos de comicios generales. Lo que hoy necesita el Perú es apelar a la inteligencia de su gente valiosa -que todavía existe en el país- y conformar una comisión de no más de diez notables para que, pensando en el futuro de la patria, elaboren las reformas constitucionales y legales indispensables que estabilicen la estructura sociopolítica nacional; y además, para que el Congreso reorganice al actual Jurado Nacional de Elecciones. Solamente entonces, podríamos pensar en elecciones libres, limpias; y en gobernantes mejor elegidos.

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