Semanalmente, quienes tenemos un espacio de opinión buscamos tener alguna idea innovadora y una forma distinta de plantearla. Es un constante zarandeo de las palabras para buscar transmitir una opinión que -por más que nuestra autoestima se rehúse a aceptarlo- será, con suerte, olvidada en unos días y no serán más que palabras echadas al aire. Hay algunas veces -son las menos- en que escribir una columna se convierte en algo más. Se transforma en una celosía por la cual uno puede dejar ver algún trocito de su alma, de su dolor y hacerse mierda frente al teclado de manera impúdica con tal de despertar algo más que una idea, con tal de cruzar ese Rubicón que es el tiempo y abrir en otros un poco de lo propio. Estas líneas serán eso y nada más. Se me hace sobremanera hoy difícil conjurar palabras y transmitir ideas, hoy no puedo pensar. Solo tengo un amasijo sin forma de demasiado que decir. Porque lo siento, y me arde, hasta el último pelo de mi cuerpo, de mí mismo.

En el Perú el latrocinio es casi un estado mental. Una forma de vida vergonzante que hemos normalizado y nos ha adoctrinado en el arte de vivir sabiendo que todo aquel que pueda cabecearte y ser más pendejo que tú, te la va a hacer. Hay días en que esa putiliendre realidad parece el monstruo más grande contra el que debemos luchar. Pero hay días en que nos gana la rutina de lo cotidiano, en que se acaba el café y vuelve a ser lunes; en fin. Y la batalla entonces se posterga, aunque moleste se deja pasar y puede uno incluso a llegar a mirar a otro lado para no atragantarse con las propias arcadas de ver un país jodido por la gangrena de la corrupción que es el nuestro, el de nuestros padres -peor todavía- el de nuestros hijos. Digámoslo con coraje y con propósito de enmienda, pero digámoslo. El tiempo de hacernos los cojudos se nos pasó y venimos pagando ese peaje hace demasiado rato. Para la gaseosa jefe. Para que me dé facilidades. Y Odebrecht. Y Obrainsa. Y el hospital, la carretera y el puente.

Hay que ser un canalla para jugar en ese juego, dudas no caben; sin embargo, lo que los peruanos hemos visto revelarse desde que el programa de Beto Ortiz echó luz sobre la cola de lo que parece ser una larga víbora de corrupción no encaja en ese patrón que hemos normalizado. Es de una naturaleza ajena; de un espíritu diferente. Un canalla puede tener corazón y eso es lo que, justamente, nos han robado. Hemos, hace poco, sabido que 124 mil compatriotas se han ido por la covid en nuestro país: hemos sido víctimas de la peor gestión sanitaria y económica del mundo. Víctimas del destino, de la mala suerte, pero también de una recua de conchas de su madre que no han titubeado en robar con las vacunas que hubieran impedido la mutilación temprana de familias enteras. Se han dejado coimear con las vacunas que hubieran podido dejar que estas palabras sean leídas por la persona cuyo nombre se te atraca en la garganta mientras lees. Es que lo amas todavía tanto, pero está muerto.

¿Qué puede haber en los recovecos del alma de quienes se han prestado a esto? ¿Cómo habrá hecho Pilar Mazzetti para que su corazón siga palpitando después de mirar, segura de sí misma, a las cámaras y decir que ella será la última en vacunarse, porque un capitán es el último en abandonar el barco, estando ya la tipa vacunada?

Del lagarto me esperaba menos o casi nada. Creo que lleva en su carga genética la lógica de Pepe el vivo, de cómo es la nuez compadre, de un Zacapita, de un cuasi proxeneta de asesor aliado con un señor que dice poder alumbrar el destino hablando con los arcanos. Pero al lagarto me lo imaginaba como un carterista, como un ladrón de poca monta… De esos que la policía chapa y tiene que dejar ir por la cuantía de lo robado. El lagarto, creí yo, era un pendejo de la segunda división, de la liguilla. Pero no. Se plantó y se mandó pedir una vacuna para él, otra para su mujer y otra para su hermano. Dios sabe para quién más porque faltan 500 en la lista. Y ya pues.

A otra cosa mariposa. A teñirse el pelo y enfundarse esa camisa que ya es un uniforme de reo moral y mentirle al país como rutina diaria. Martín Vizcarra y quienes con él han orquestado el robo de la vida de quienes se fueron y de parte del alma de quienes nos quedamos han perpetrado un acto que empujará Efialtes y a Ptolomeo para hacerse solo sitio al lado de Judas en el noveno círculo del infierno de Dante. En ese a donde van los traidores que cambiaron el bien que alguna vez los habitó por un plato de lentejas y que decidieron hacer fortuna a costa de la muerte de quienes los necesitaban para vivir. Martín Vizcarra es la peor escoria que a este país ha gobernado. Porque para ganar plata con la muerte de otros hay una palabra: sicario. Quizás esa sea la palabra con la que estos años que quisiéramos olvidar tengan que pasar a la Historia: como el tiempo en que fuimos gobernados por un grupo de sicarios que se hicieron aplaudir al ritmo de nuestra muerte. Que el infierno los acoja. Amén.