Ronald Reagan, artífice junto con Margaret Thatcher de ese exitoso Mundo liberal de los ochenta, noventa y mediados del dos mil –que diese paso al mayor desarrollo de la sociedad global en materia tecnológica, dinamización de la economía orbital, etc.- dijo esto sobre la actitud del ciudadano ante el Estado: “Nosotros, el Pueblo, le decimos al gobierno qué debe hacer en vez de que el gobierno diga qué debemos hacer nosotros. Los conductores del Estado somos nosotros, y el gobierno es el vehículo. Por tanto los que decidimos adonde ir, a qué velocidad andar y lo que están autorizados a hacer los gobernantes somos nosotros, el Pueblo. Los gobiernos tienden a imponerle al Pueblo regulaciones e impuestos confiscatorios. De esa forma toman nuestro dinero, opciones y hasta nuestra libertad. El hombre sólo será libre si el gobierno se encuentra limitado. A fin de cuentas, a medida que el gobierno se expanda la libertad se contrae.”
Este talante es lo que hace grande a una sociedad incontrovertiblemente de avanzada y exitosa como la norteamericana. Por el contrario, las colectividades tercermundistas como la nuestra (sometidas al ucase del gobernante de turno que prepotentemente se arroga ser representante del Pueblo), tienden a ser acobardadas, pusilánimes, opacas, esclavas. Nunca exitosas. Siempre serán sociedades atrasadas, insatisfechas de sí mismas por su falta de florecimiento. En consecuencia, permanentemente continuarán siendo una comunidad entristecida, decadente y recargada de complejos sociales.
Sin duda hablamos de idiosincrasias transversalmente distintas. ¡Pero ello no es óbice para cambiar! Tal vez esta prueba ácida a la que nos ha sometido un cruento destino –la elección arreglada que le concediese el triunfo al comunismo/senderismo- consiga que los peruanos recobren la grandeza que les permitió remontar épocas tan brutales. Como aquel golpe de Estado militar, procomunista, perpetrado por Velasco Alvarado; el surgimiento del terrorismo desde mitad de los setenta con cuarenta mil ciudadanos asesinados por la dinamita, metralla y el machete de unos genocidas salvajes, tan solo comparables a los polpots. Por si fuera poco, superamos años de delirio populista del primer gobierno aprista, con sus secuelas de quiebra económica, financiera y social, reflejadas en el oxímoron “reservas negativas” aplicado para medir la disponibilidad de recursos en moneda extranjera del BCR. La resiliencia que exhibiera nuestra nación al superar tales pruebas de fuego revela que los peruanos, sistemáticamente golpeados y humillados por el poder político, están preparados para encarar duras tareas. Como franquearle el camino al régimen marxista, castrochavista, narcoterrorista que hoy nos manda. Monumental tarea que sólo superaremos si la batalla sociopolítica la lleva a cabo un frente nacional sólido, decidido a erradicar la avanzada comunista que amaga con someternos a una dictadura sin boleto de retorno.
Apliquemos entonces este manifiesto como principio irrebatible: “Nosotros, el Pueblo, le dictamos al gobernante Castillo qué debe hacer; en vez de que Castillo sea el que nos dicte qué debemos hacer nosotros. Los conductores del Estado somos nosotros, los ciudadanos; Pedro Castillo es apenas el vehículo”. Solamente así evitaremos ese karma atroz que persigue a los hambreados, ensombrecidos países comunistas.

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