Para los periodistas y escritores el bregar diario es encontrar la verdad y transmitirla debidamente. En tanto que para los que nos leen o escuchan constituye un derecho el estar informados con veracidad y prontitud.
En el asunto que llaman “Vacunagate”, la información que más se divulga resulta incompleta, porque se cierne a quienes se vacunaron clandestinamente. Más importante es el conocer la verdadera razón por la que se comprometió a muchos en este tinglado. Y saber también por qué se hizo este desaguisado que llamaron benévolamente “ensayos clínicos”, innecesarios, cuando ya se había pactado comprar la vacuna que estos promocionan.
La ruta que debemos seguir en una indagación más exigente -como ya lo dije en esta columna- es la del dinero. Concretamente: quién pagó y quién recibió. Y principalmente cuánto se gastó.
La palabra “vacunagate” que tiene su origen en inglés, evoca una puerta, o sea una apertura a encontrar algo más grande, que el simple hecho de que alguien se vacune antes que otros. Lo que además es irreversible.
El que los funcionarios de Cancillería se vacunaran, tampoco es nada extraño. Forman parte de la primera línea de defensa nacional. Además, son todos profesionales que han evidenciado una larga carrera con excelencia al servicio del país. De los políticos –ese “poder al paso” que se impuso en el Perú- podemos más bien dudar. Especialmente porque ellos tomaron decisiones de mover dinero.
Entiendo que hay algunos que sienten denuesto o agravio por lo de las vacunas ilícitas. Pero lo más importante –porque eso sí es recuperable- es saber si hubo pagos ilícitos. Además, resulta algo macabro quedar en la discusión si alguien no debió vacunarse, en tanto que miles de peruanos siguen muriendo cada semana por carencias de oxígeno, vacunas y otras deficiencias mucho más graves. Nada debe detener el proceso de vacunación.
Como dice el escritor Alonso Cueto, la capacidad de otorgar confianza es un bien amenazado en tiempos de escándalo de las vacunas clandestinas y las mentiras de ministros y presidentes.
Parece que, en el Perú, las personas que asumen cargos de responsabilidad se niegan a leer libros o a aprender. Mucho de lo que está sucediendo ahora –y lo que vendría después- está en mi novela que apareció con el nombre Nuestra Constante Lucha. Y esta la seguiré junto con los lectores con denodada constancia.